3 de septiembre de 2012
Blog cerrado
Un último consejo, si alguien llega aquí por casualidad: recuerda que la vida real es más interesante que pasarse horas delante de una pantalla, aunque sea tan bonita y versátil como la de un iPad. Cualquier caricia, cualquier palabra susurrada al oído, cualquier mirada que te ofrezcan valdrá más que cualquier entrada en un blog así que deja ya de leer y besa a esa persona que tienes a tu lado. Nunca te lo agradecerás lo suficiente.
Buena vida a quienes siguen brujuleando por los mundos de internet.
30 de mayo de 2011
Algunos peligros para el movimiento 15M
22 de mayo de 2011
El final de un experimento

Los medios de comunicación no iban mucho más lejos. Como yo no veo la tele desde hace unos siete años (bueno, tengo que ponerme al día de vez en cuando para dar mis clases, pero nada más), cada vez que tengo la oportunidad de echarle un vistazo percibo claramente la diferencia entre lo que se cuenta y lo que se oculta, y no porque yo sea muy listo, sino porque no estoy expuesto al masajeo continuo de lo que los medios deciden que son los ‘temas de actualidad’. Lo que me encuentro en el 99% de los casos (exceptuando los programas citados y algunos de Radio 3 de los que hablaba en mi anterior entrada -a los que me temo que les quedan dos telediarios si es que siguen en esa línea, ganen los que ganen-, y algunos otros en lugares más pequeños y con menos capacidad de difusión que los medios más seguidos) es un periodismo servilista entregado no ya al poder, sino al estado de la cuestión que han decidido esos mismos ‘alguien’. Este poder, el de decidir de qué se habla y de qué no se habla es, desde mi punto de vista, el más potente de todos. Es como cuando en una reunión de la comunidad de vecinos un grupo consigue que solo se hable de los ascensores y de la piscina impidiendo que se piense en la posibilidad de hablar de las cubiertas, que a lo mejor son las que están peor, mirando con desdén o incluso con mofa a quienes tratan de apuntar al ruinoso estado del tejado. Pues esto es lo que vienen haciendo nuestros telediarios: se habla de bancos centrales, de agencias de calificación, de mercados pero no de ciudadanos, de posibilidades de participación, del nulo derecho que tienen esos mercados, esas agencias, esos bancos, a decidir sobre nuestro futuro como sociedad.
Hasta que llegó el 15M.
El 15M, por encima de las críticas que se le puedan hacer a su organización, sus fines o su legalidad ha supuesto un corte en ese masaje cerebral que tanto los políticos como los medios nos estaban dando. Para mí, el efecto más rotundo de esta movilización ha sido lo que algunos poetas llamarían un aldabonazo en las conciencias. Desde el 15M no puedo ver información política en la televisión (cuando tomo café en los bares, no vayan a pensar que he dejado la sana costumbre de no verla) sin pensar que estoy asistiendo a un simulacro. Veo mítines, veo declaraciones, veo líderes y todo me parece de cartón piedra, como en una telenovela tipo Amar en Tiempos Revueltos o Cuéntame con personajes estereotipados en tramas un tanto ortopedicas. También desde el 15M, hasta los decorados de los telediarios me parecen sacados de una película de ciencia ficción y les concedo la misma credibilidad que a una secuencia de la Guerra de las Galaxias: me divierten pero al terminar la película sé que C3PO no me espera a la vuelta de la esquina. Los periódicos y la radio tampoco se salvan de la quema pero, tal vez porque soy un romántico, encuentro en ellos rincones por los que se escapa de vez en cuando y cada vez con más fuerza un cierto aroma a cambio.
Desde el 15M ya no es posible que siga el experimento del que hablaba al principio porque las cobayas se han rebelado contra los científicos locos que estaban a cargo del laboratorio y han empezado a tomar decisiones. Los resultados de las elecciones de hoy no pueden responder todavía a ese tiempo nuevo. Da igual. Lo que importa es que el diálogo ha tomado la calle y la conciencia se empieza a despertar del coma inducido al que había sido sometida. La nueva ola ha empezado y sus efectos se verán a más largo plazo. Ahí va mi apuesta: las elecciones generales del año que viene traerán muchas sorpresas...
19 de mayo de 2011
Inteligencia, estupidez, violencia y Sol

10 de abril de 2011
Pienso a domicilio
Al principio, mi mente focalizada vio así el cartel:
¿Un filósofo por horas? ¿Como el relato de Woody Allen?
Luego, un poco más calmado volví a la realidad:
15 de marzo de 2011
Walter Benjamin de cerca


9 de marzo de 2011
Algo pasa en Madison - Wisconsin - Estados Unidos de América
No sé si os habéis enterado de la que se ha formado en Madison con el tema de la crisis. El resumen viene a ser que el gobernador del estado ha propuesto que se anulen los derechos de los trabajadores. Ese es el resumen. Quien quiera más información que la busque. Yo me decidí a hacerlo en Google poniendo la palabra Madison. El segundo resultado me confirmó que estamos a punto de que nos arrase una ola de estupidez…
5 de febrero de 2011
18 de enero de 2011
Mi nuevo Mac
Bueno, sí, he caído en las manos de los chicos de Cupertino. En realidad he vuelto, porque yo, señoras y señores, soy uno de esos locos usuarios que se gastaron una pasta (creo que, si no recuerdo mal, unos 1800€ de los de 1991, cuando todavía no había €) en comprar un Classic. En ese momento (bueno, como ahora), comprar un Mac era entrar en la era de la modernidad y el buen gusto. Los PC’s eran pasto del MSDOS y todo había que hacerlo a base de tecla y terminal de ordenador (era muy divertido y fastidioso tener que poner algo así como *b* cada vez que lo siguiente tenía que ir en negrita). En definitiva, que si querías hacer algo de manera fácil y cómoda tenías que tirar por Mac. Yo pasé de un Amstrad 6128 al de la manzana, así que aluciné cuando saqué mis primeros trabajos para las asignaturas de la universidad editados con MacWrite e impresos en una Stylewriter con la impresionante tecnología de chorro de tinta que apenas empezaba a dar sus frutos.
Ese primer Mac estaba fabricado en Irlanda. En ese momento era un país con mano de obra barata que acogía a empresas, como Apple, que buscaban deslocalizar (me gusta ese neologismo porque tiene una connotación que huele a capitalismo neoliberal con pocos escrúpulos* que define mejor el término) la producción a sitios más baratos. Cuando lo encargué sólo sabía que la sede central de la empresa estaba en California. Lo de Irlanda me lo dijo el vendedor de la tienda (un emprendedor admirable que apostaba por algo que tal vez podía ir bien pero que en ese momento no estaba tan claro). Di una señal, me llevé un albarán y a casita a esperar sin más noticias que las que pedí un poco desesperado unos quince días después al ver que no me llamaban. Creo que tardaron como un mes en tenerlo listo para poder recogerlo. Un día por fin me dieron la buena noticia y me dijeron que podía pasar a por él. En casa, mientras empezaba a alucinar con el Finder, olvidé todo el tiempo que había pasado esperando y se me desdibujó el proceso por el cual ese ordenador había llegado a mis manos.
En esta ocasión, dado que disponemos de eso que se llama internet, no me he podido despegar de ese proceso, aunque tampoco he querido. De momento, el encargo no lo he hecho en una tienda física, sino desde una página web de la tienda Mac de la URJC (que tiene unos precios como 200€ más baratos en el caso de mi ordenador). Una vez confirmado el pedido, me han mandado un correo diciendo que el ordenador me lo mandaban en tres días desde la planta de fabricación que, cómo no, en esta época no se encuentra en la intervenida Irlanda (tal vez en parte por eso está intervenida), sino en la pujante, contaminante y /ironía on/ defensora de las libertades individuales y de expresión /ironía off/, como todos ya saben, China (ahórrense las críticas a mi crítica por ser un incoherente; ya se ha demostrado que tratar de prescindir de productos fabricados, manipulados o, de un modo u otro, relacionados con China, sobre todo en el caso de la tecnología, es poco menos que imposible, así que da igual a quién le compremos el ordenador: como mínimo, alguna pieza estará fabricada allí).
Como me dan un número de seguimiento, he podido ver el camino que recorre mi ordenador hasta llegar a la puerta de mi casa. Aquí la foto:
Alucino con la rapidez pero en esta ocasión me pongo más ansioso que cuando pedí mi primer Mac hace veinte años. Supongo que es por la cosa de que ahora se ha impuesto el ‘lo quiero ya’, una vez arrojadas al retrete las recomendaciones psiconalíticas para posponer el placer y tener paciencia en un mundo poco dado a reconocer la existencia de inconscientes, subconscientes y otros elementos oscuros de nuestra psique, con las consiguiente incapacidad para tolerar la frustración y soportar el no. Pero vamos a dejar de irnos por las ramas, que me pierdo.
El ordenador me llega finalmente, pero descubro un problema en el trackpad en los cinco días que lo uso. Llamo al servicio Apple Care (en esto son un poquito pedantes, pero les funciona llamar a las cosas con otro nombre, tal vez porque son otras cosas). Me sorprendo porque no me atiende alguien que pronuncia como si tuviera una patata en la boca o creyendo que por ser latinoamericano hablamos el mismo dialecto y le voy a entender sin que tenga que hacer él el más mínimo esfuerzo –y no me estoy metiendo con los latinoamericanos, o al menos no por su origen; podría decir lo mismo de una gran parte de los gaditanos que hablamos entre nosotros a veces como en una especie de lenguaje sms en el que falta la mitad de abecedario, lo que complicaría nuestra comunicación con seres menos dados a la economía fonética o nos obligaría a montar servicios de atención exclusiva al cliente gaditano (“¿Qpsa, picha?” “Casaío el rute al caraho, coone” “Porreinisia y no sea majartible”) si atendiéramos sin renunciar a nuestra idiosincrasia. Lo que ya me deja sin habla es que sea la chica de Apple la que me anime a que, ya que el ordenador está recién comprado, nos dejemos de tonterías y lo devuelva, en lugar de obligarme a hacer esas cosas a las que te obligan los que te atienden cuando llamas a tu compañía de internet, como reiniciar todo lo reiniciable, apagar, encender, y volver a llamar cuando te olvidas de que al apagar el router también se apaga el teléfono.
El sistema de devolución es sencillo: me dan un numerito que yo pongo en la caja donde voy a devolver el ordenador. Al día siguiente me llaman de una empresa de transportes y me mandan un albarán con los datos. Al cabo del rato viene un señor y se lleva el paquete. El ordenador no vuelve a China, sino a Eindhoven, en Holanda, ahí al lado de Colonia. Me da entonces (bueno, lo he hecho desde que lo pedí, pero literariamente queda mejor decirlo así…) por ver cuál es el camino que está siguiendo el paquete en Google Maps. Al principio, cuando miro el mapa a una escala grande la ruta se me sale de la pantalla pero cuando reduzco esa escala (¿o es al revés: escala pequeña / ampliación de escala? Con esto nunca me aclaro) para que la línea imaginaria que une los puntos sea abarcable de un sólo golpe de vista empiezo a comprender a los CEOs: ellos no ven el mundo como algo enorme, sino como un tablero donde se mueven las piezas de un punto a otro con rapidez y facilidad pasmosas, siempre que se tenga dinero suficiente para pagar el proceso. Mientras amplío y reduzco el tamaño del mapa, como en un juego, pienso en un gaditano de la viña, parado e incapaz de separarse de su playa Caleta; en un irlandés parado también que se siente deprimido porque en su barrio y en su país las cosas no van bien; en un chino que, después de montar cientos de ordenadores, se va respirando humo por las calles de Shangai tratando de que se le vayan los deseos de suicidarse, angustiado por tanta presión en el trabajo. Me siento tentado de cancelar el encargo de ese ordenador flamante pero me lo pienso mejor y decido utilizarlo para escribir estas cosas más fácilmente. Es el sino de este tiempo: uno no termina de tener claro si debe renunciar a todo y abominar de la sed capitalista de consumo o si debe aprovechar las herramientas de ese mismo capitalismo avasallador* para ponerlo en evidencia. De momento opto por lo segundo, bueno, en la medida en que uno puede hacer estas cosas, porque hace tiempo que me afeité la barba de profeta y ya no encabezo la rebelión aunque algo de rebelde me quede. Y, sobre todo, decido cerrar el Google Maps y dejar de mirar países como si fueran casillas del Monopoly y me voy acercando suavemente a darle un beso a mi chica que está aquí al lado y la puedo tocar y reírme con ella. Por suerte, me falta un puntito de dios para terminar de mirar el mundo como probablemente lo miran cada día todos los CEOs del mundo.
*Para seres pensantes: obsérvese la ausencia de comas. Lo malo del capitalismo salvaje o del comunismo totalitario no es que sean capitalismo o comunismo, sino que sean salvajes y totalitarios.
3 de enero de 2011
El poder y el deseo
Leo la entrevista que le hacen a Andrés Aberasturi (hijo) en EPS (El País Semanal) de este domingo 2 de enero de 2011 y me llama la atención una respuesta que me recuerda aquello que dijo Clinton cuando se le preguntó por su affaire con Monica Lewinski: “Lo hice por la peor razón: porque pude”. Aberasturi dice algo parecido sobre la posibilidad de crear, sobre la presencia de herramientas maravillosas que nos permiten ser cualquier cosa, no porque queramos, sino porque podemos. Dejo aquí testimonio gráfico de mi lectura, puntas de mis dedos incluidas, en el café Faborit de San Bernardo. No me atreví a volver a entrar en un café ‘español’ –para mí, los que no pertenecen a una cadena de esas que prohibían fumar desde su fundación y (ironía on) que están todas arruinadas precisamente por prohibirlo, como Starbucks (ironía off)-porque no me fiaba de que la prohibición de fumar hubiera causado efecto. Lo mismo lo hago mañana o pasado, visto que igual puedo salir de la prueba sin que mi camisa y mi pelo apeste a cenicero. El comentario a continuación.
Cada vez que me preguntan por mi carrera de cineasta suelo terminar hablando de que ahora mismo no eres nadie si no tienes un móvil con conexión a internet o no has rodado un corto. Yo, que la asignatura de rodar cortos la aprobé con nota hace casi quince años, me encuentro ahora con que cada vez tengo menos ganas de rodar. Tal vez suene petulante pero no me gusta entrar a competir con el primero que ha salido corriendo a filmar una parida con su cámara y ha conseguido sus treinta segundos de gloria a base de ser, con toda probabilidad, ingenioso o escandaloso. No me interesa ser ni lo uno ni lo otro. El ingenio está sobrevalorado, y estoy de acuerdo con Marina (Elogio y refutación del ingenio) en que no deja de ser un divertimento de la inteligencia, algo que nos puede hacer gracia, al estilo de un monólogo de humor de los de Paramount Comedy pero sin fondo alguno. El escándalo se lo dejo a la caterva de Belenes Esteban que pulula por ahí deseando matar a su padre o matar por su hija, para salir en televisión. En definitiva, me da pereza tener que andar reivindicando mi deseo de ser cineasta entre cientos de otros tantos cineastas que lo son sólo porque pueden, a veces con un resultado, en lo que se refiere a la capacidad para comunicar sus obras, mucho más efectivo, todo hay que decirlo.
Por otra parte, también me pregunto hasta qué punto soy lo que soy porque puedo o porque quiero. Se puede decir que soy profesor principalmente porque puedo y no tanto porque quiero. ¿Y qué quiero? ¿Quiero ser actor? ¿Quiero ser músico? ¿Quiero ser escritor? ¿Quiero ser director? Hay algo que no dice Aberasturi y es que cuando uno puede algo y lo puede fácilmente (ahora es tan sencillo rodar con cualquier cámara, montar con cualquier ordenador, distribuir desde internet, para hablar tan sólo del mundo del cine o, en mi caso, es fácil seguir siendo profesor ahora que he consolidado de una manera contradictoriamente provisional una cierta posición) lo que quiere puede quedar sepultado debajo de esa facilidad, debajo de la comodidad que supone no enfrentarse a la corriente que le lleva dulcemente por un camino que tal vez sea incluso conveniente o agradable o envidiable pero que no es el por el que uno luchó, por el que uno habría dado tanto… Supongo que es el sino de la mayor parte de los mediocres del mundo, que no son los que viven felizmente una vida anodina, sino los que habiendo vislumbrado una posible gloria –tal vez falsa, tal vez inalcanzable, pero en cualquier caso sin haber trabajado hasta la extenuación, que es el único modo de trabajar en estos casos, por conseguirla- tienen que conformarse con una cotidianeidad un tanto funcionarial. Todavía tengo ataques de rebeldía. Tal vez quiera eso decir que vislumbro esa gloria –la gloria de ser fiel a mi deseo, no la gloria de la fama o la popularidad- y que aún creo estar a tiempo por luchar hasta la muerte para conseguirla. Igual empiezo mañana.
13 de diciembre de 2010
Una tarde en el Monumental
El pasado viernes me desperté, como siempre, con RNE sonando en mi radio despertador. Como de vez en cuando me trato de desintoxicar de tanta información cambié la presintonía y pasé de Juan Ramón Lucas a Radio 3, pero tampoco me convenció. Pulsé entonces el botón correspondiente a Radio Clásica porque sé que por las mañanas está bastante escuchable (a otras horas, cuando se ponen contemporáneos, conviene que quienes vivan contigo se resguarden para evitar ataques de nervios colectivos) y pude escuchar el final del concierto número uno para violín de Prokofiev. Apenas terminó, el locutor habló del concierto que se celebraba esa misma tarde -noche en el teatro Monumental, dedicado a Brahms, principalmente. Hacía tiempo que tenía ganas de ir a un concierto, así que me levanté y sin pensarlo mucho (si lo hago termino por no ir) compré la entrada por internet.
A las ocho menos diez de la tarde estaba yo en la puerta del teatro. Como siempre, había salido a última hora de casa y llegué corriendo, tras haber subido la cuesta de la calle Atocha, vestido con camiseta de manga larga, jersey de lana y chaquetón, o sea, que estaba sudando un poco. Supuse que la gente iría vestida un tanto elegante al concierto, pero yo, rebelde sin causa como siempre, me negué a ponerme algo distinto de la ropa que había llevado ese día, así que supongo que mi aspecto estaba entre lo deplorable y lo marciano en ese ambiente. Para terminar de redondear mi llegada, me acerqué a la primera puerta que vi abierta dispuesto a entrar, cuando un señor de cierta edad (vamos, un señor bastante mayor) me afeó la conducta, diciendo: “la cola es por ahí”, señalando otra puerta del teatro. Esta es una de las cosas que menos entiendo de Madrid, la manía por las colas, de la que hablaré en algún momento. A ver, no hacía demasiado frío y las entradas son numeradas, así que ¿qué más da que alguien entre un poco antes si al final ni se pasa frío ni el que se cuela (en este caso inconscientemente) va a sentarse en una butaca mejor de la que ya tiene? Pero bueno, supongo que los habitantes de esta ciudad no pueden ir contra su genética que les pone a hacer cola a la mínima, y más si se tiene cierta edad. Su mujer, que iba al lado le decía “¿por qué no te callas?” después de que yo, tras cederle el paso para que entrara antes que yo, le dijera precisamente que estando las entradas numeradas no pasaba nada si se entraba antes o después.
Superada esta fase, pasé directamente al patio de butacas. Como era la primera vez que iba compré entrada de patio en la fila 6, como un señor. Una de las ventajas de ir solo a los espectáculos es que se pueden comprar esas butacas sueltas que quedan en medio del patio que nunca ocupa nadie porque ¿quién va a ir solo a un concierto? En este caso, mi asiento estaba en mitad de la fila y como el público es bastante mayor, como ya dije, todos estaban puntualmente sentados en sus asientos, así que tras armarme de la mejor de mis sonrisas expresé el típico “les voy a tener que molestar” y levanté a la fila entera de señoras y señores con caras de “a buenas horas viene este” en su mayor parte, hasta llegar a mi butaca. Allí, por supuesto, la señora que estaba sentada al lado había puesto sus abrigos pero los quitó con rapidez apenas musité un “este es mi asiento”. Una vez sentado, me tranquilicé un poco y recuperé el aliento mientras observaba el ambiente
El monumental es un teatro relativamente moderno. Por dentro tiene una estructura tipo auditorio, forrado de madera y con una construcción diáfana que ofrece muy buena visibilidad y acústica desde todas sus butacas. Yo ya lo conocía porque había ido una vez a la emisión en directo del programa No es un día cualquiera. El patio estaba lleno y no me sorprendió el tipo de público. Se puede decir que en su mayor parte eran “personas mayores”, entendiendo por tales a las que en mi imaginación dibujo yo con más de 60 años y canas amarillentas aunque no tengan porqué tenerlos o tenerlas: jubilados, notarios, ginecólogos con clínica propia, asociados al ateneo artístico y literario y señores similares que siempre tienen señora, al estilo del que me recriminó mi coladera involuntaria en la puerta que, por cierto, iba vestido con gabardina y traje debajo, como corresponde a esta clase de personas en esta clase de actos si el día amanece con una nube en medio del cielo azul, no vaya a ser que llueva. Entre los señores mayores con señora destacaban algunos jovenzuelos cuarentones como yo, e incluso algunos adolescentes de 30. A destacar la presencia de una niña de unos 6 o 7 años de edad que miraba como tienen que mirar las niñas y le daba algo de frescura al ambiente.
De todos modos, aunque pinte así el ambiente, la verdad es que me sentía a gusto. Digamos que me recordaba al de una parroquia en domingo, donde los feligreses se encuentran y se alegran de verse y se sienten tranquilos porque se conocen y saben que allí nadie puede hacerles daño. Yo sentía lo mismo y no me sorprendió que la señora que se sentaba a mi lado me ofreciera un caramelo con toda naturalidad. Se trataba de una mujer de edad, tal vez viuda, dado que no iba con señor alguno, sino con otras dos amigas. Tenía las joyas justas, tal vez de oro, tengo mal ojo para los metales preciosos, aunque lo que más destacaba en su muñeca era una pulsera con franjas longitudinales de color rojo, amarillo y rojo y bordes dorados. Esa misma señora me confirmó más tarde lo que yo sospechaba. El patio de butacas estaba ocupado en su mayor parte por abonados, es decir, personas que año tras año, acuden al mismo asiento a escuchar los conciertos, así que ya se conocen como vecinos. O sea, que entonces yo era una especie de inquilino nuevo que iba a ser observado por el resto de la comunidad para comprobar si merecía o no su confianza.
Cuando empezó en concierto hubo los consabidos errores de unos cuantos al aplaudir al concertino de violín (yo mismo empecé pero me detuve en cuanto observé que la señora del caramelo no lo hacía: se aplaude sólo al director) con comentario de la indicada señora incluido: “¿ahora se aplaude al concertino?” que me hizo gracia porque no había indignación, sino un cierto savoir faire en la situación; y tímidos aplausos de nuevo sofocados por las consecuentes llamadas al silencio tras el primer movimiento del concierto que abría la noche (se aplaude cuando termina el concierto entero, pero esto ya lo sé desde hace décadas, así que no caí).
El resto de la noche fue mágico, incluso emocionante en algunos momentos (casi llego a llorar en el arranque del concierto de violín, pero controlé, porque no quería dar un espectáculo de recién llegado), aunque el programa terminó siendo un poco largo, lo que también me confirmó mi compañera de fila cuando me dijo a eso de las diez y media “aquí a las diez de la noche estamos fuera siempre”. Entre una obra y otra terminó por explicarme que mi asiento era en realidad el que estaba ocupando ella (claro, mi entrada ponía 19, pero yo estaba en el 21, de lo que no me había dado cuenta porque la diferencia era poca). La temporada pasada el 19 lo ocupaba un señor abonado que había muerto hacía poco. Ahora la señora, cambiándose de sitio, podía estar al lado de sus amigas. El señor nunca estuvo dispuesto a hacerle el favor. Por un momento imaginé a este hombre con gabardina y traje debajo, haciendo cola y llamándole la atención a un tipo con barba que entraba por otra puerta por delante de él, que había estado haciendo cola desde hacía una hora antes, aunque las entradas estuvieran numeradas.
Cuando terminó el concierto la señora me despidió dulcemente: “pues si le gusta la música, este asiento se queda libre siempre, así que hasta la próxima”. “Hasta la próxima” le dije yo, sintiendo que había pasado la prueba, supongo que en parte porque no había opuesto resistencia alguna al cambio de asiento de la señora.
El próximo enero, cuando me siente en el asiento veintiuno de la sexta fila del teatro monumental para escuchar el siguiente concierto del abono, con el veintiuno para piano de Mozart en el programa (igual sí lloro esta vez en el segundo movimiento a poco que la solista cumpla) sólo me hará falta dar las buenas tardes para sentirme a gusto en mi nueva comunidad de vecinos, señora con pulseras curiosas que ofrece caramelos incluida.
Poniéndome al día
Sigo hoy con esta serie de dos entradas dedicadas a poner al día lo que se me ha ido acumulando en las carpetas. Estas acumulaciones tienen un efecto aniquilador: como son varios los elementos a comentar no los desgloso como debería y lo que en mi imaginación iba a ser un compendio de sabiduría y buen humor se queda en pequeña huella de un encuentro. Vale de todos modos. Tampoco vamos a intentar ser Einstein todos los días…
Asómate a la realidad
¿Para que me paso la vida diciéndole a los alumnos que la realidad se construye, que lo real es inaccesible y que sólo lo podemos entender si lo pasamos por el filtro de nuestro entendimiento (y poniéndonos wittgensteinianos, de nuestro lenguaje) si vienen los señores de EL PAÍS (como les gusta escribirlo a ellos) a decir que uno puede asomarse a la realidad como el que se asoma a una ventana? Si la realidad es una construcción, asomarse a la realidad viene a ser como asomarse a un patio interior, a una ventana que, todo lo más, da a otra ventana. Peor todavía si ese eslogan se usa para publicitar una colección de documentales porque otra cosa que trato de mostrar a mis alumnos es que los documentales, en tanto obras cinematográficas, son construcciones, basadas en aspectos de la realidad, pero construcciones al fin y al cabo y, por lo tanto, ficciones en su última forma. Supongo que para los que intentan mantener un cierto poder mediático (todos los medios y conglomerados de medios tradicionales, por otra parte), es necesario seguir perpetuando la falacia de la objetividad periodística pero a quienes mantenemos que la realidad, en tanto construcción, no puede ser dejada en manos de los periodistas o los políticos, como profesionales de su diseño nos gustaría encontrarnos de vez en cuando con alguna muestra de modestia, con alguna señal que nos anunciara que los medios, ya que no los tiempos, están cambiando…
El anuncio parásito
El anuncio parásito no suele darse con asiduidad pero a veces invade los anuncios normales. Se trata de un tipo de anuncio escrito a mano con ortografía generalmente de cuaderno Rubio (aunque en este caso no parece haber pasado de los primeros números) y con un enunciado escueto, lo que da a entender que el que lo pone no está para tonterías, además de tener mucho tiempo libre para pasear garabateando los carteles ajenos y ser un rácano que no quiere gastarse ni un duro euro en fotocopias. Eso sí, la artesanía es admirable…
Tarantino y Batman
¿Soy el único al que le chirría esta mezcla vista en un cartel promocional de una película?…
El gran salto
Esto es lo que tiene hacer inteligentes metáforas sin pararse a pensar en las posibles interpretaciones teniendo en cuenta el contexto. De nuevo un ejemplo que habla más de la mente del anunciante que del perfil que se busca como público objetivo del anuncio. No creo que haya que ser muy desquiciado para ver en esa mancha de color blanco debajo de los cuerpos de los jóvenes que se arrojan al vacío, no una piscina, sino el duro suelo donde se estrellan sin piedad…
Edición limitada
Este anuncio me gusta porque muestra a las claras que lo que nos venden las cadenas de comida rápida no es precisamente comida, sino otra cosa. Lo que importa no es lo que va dentro del cartuchito sino el cartuchito en sí. ‘Edición Limitada’, pone el cartel. Digo yo que una tortita mexicana rellena de un trozo de pollo frito y lechuga no se parece en nada a la edición facsímil del Quijote o a la colección de otoño-invierno de Gucci, pongamos por caso. Tampoco creo que los de KFC pretendan ponerse a la altura de un Ferrá Adriá preparando un plato que solo podrá degustarse por tiempo limitado en su restaurante aunque solo sea porque las tortitas y el pollo frito llevan inventados un rato (bueno, tal vez teniendo en cuenta el adobo del pollo podamos emparentar a KFC con Adriá: seguro que ese adobo también se diseñó en un laboratorio). Lo único limitado aquí es ese envoltorio hortera que le da a esa comida el tradicional el toque de distinción multicolor que por supuesto todo cliente de ese restaurante espera. A fin de cuentas ¿quién entra en esos sitios por la comida en sí?
PD: Para evitar comentarios del tipo “yo sí entro porque me parece que el pollo frito de KFC es mejor que el paté de cabracho” admito que, como dijo el torero, tiene que haber gente para todo…
El término no marcado
Cada vez que me subo al metro o al autobús no dejo de fijarme en los cartelitos y los iconos que nos informan de nuestros deberes ciudadanos mientras estemos dentro del sitio en cuestión. En este caso me fijo en el cartel que señala la preferencia de uso de asiento. Hay algo que me llama la atención. Veamos: el uso de muletas y bastón se caracteriza con un icono masculino (no voy a explicar el porqué pero creo que estarán de acuerdo en que es así), mientras que llevar a un niño en brazos o estar embarazada se muestra con iconos femeninos. No voy a hablar del último, puesto que hasta que no puedan quedarse embarazados los hombres esos iconos tendrán que ser necesariamente femeninos. Lo que me llama la atención es que el niño en brazos vaya con una mujer. ¿Acaso a un hombre que vaya con un niño en brazos no debería serle cedido el asiento? ¿O tal vez es que los hombres no van nunca con niños en brazos? Por otra parte ¿los que van con muletas o bastones sólo son hombres? Claro, los que practican deportes de riesgo o trabajan en lugares donde pueden producirse accidentes son hombres. Llegado el momento de llevar bastón ¿Quiénes si no los hombres van a ser los que lo lleven? ¿Acaso no son ellos los que han desgastado más? Las mujeres ya se sabe, como mucho a llevar niños en brazos, que como están tranquilitas en casa haciendo la comida ni pueden accidentarse ni, cuando llegan a ancianas, tienen que usar bastones porque están muy descansadas. Los que hablen del ‘término no marcado’ a la hora de referirse al masculino, que me expliquen lo del icono femenino con niño en los brazos. No creo que haya cosa más marcada que esa… Atentas, chicas: el machismo se perpetúa hasta en detalles tan subliminales como estos.
Las causas ajenas
A veces las elipsis son reveladoras. Al quitarle “…a nuestra voluntad” a este cartel que ponen en verano en el bar El Labriego de la calle Veneras de Madrid, lo que queda es una declaración de principios que le cuadraría a cualquier dictador insolidario. Y tal vez esa sea la pena, que cada vez queda menos gente que cante por causas ajenas en lugar de llorar infantilmente por las propias…
Y para terminar…
Una imagen de la primavera en la que, de vez en cuando, me acerco a la plaza de San Ildefonso a comer una pizza al solecito. A mí en esos momentos también me parece que “para llevar, la vita e bella”.
Hasta la próxima.
Un año con poco movimiento
Acabo de revisar este blog y he visto que este año sólo he creado ocho entradas. Poca cosa, sin duda. Y eso que varias veces he sentido el impulso de guardar mis impresiones en el blog adjuntando la correspondiente fotografía, como es costumbre. Bueno, pues a ver si ahora me desquito un poco.
Una de las cosas que han pasado ha sido el estreno de mi última película codirigida junto a Ramón Luque y en la que han participado muchos amigos, antiguos y nuevos. La rodamos en el verano de 2009. Aquí el trailer:
Trailer de Hollywood, la película from Juanjo Domínguez on Vimeo.
Hemos presentado la película a algunos concursos, entre ellos algunos internacionales (toda una tarde/noche incluida para presentarla en Sundance, aunque ya nos han dicho que no está seleccionada). De momento, se ha exhibido en los cines Verdi en proyección para el equipo y amigos y en el festival MUCES de Segovia, lo que nos permitió disfrutar a Sonia y a mí de unos días de frío, cochinillo, amistades cinematográficas y acueducto bastante agradables. La recepción de la película fue buena entre el público que llenaba la sala. Bueno, la llenaba de amor porque eran sólo 14 pero ninguno se marchó, cosa que suele ser habitual en los festivales cuando se exhiben películas independientes gratis, lo que propicia la aparición de público poco enterado que cuando ve que la peli no la entiende ni el que la ha hecho empieza a desfilar. Cuando terminó la proyección pude comprobar que la nuestra se entiende e incluso es agradable de ver, lo que ya es un alivio. No voy de director incomprensible aunque tampoco haya rodado una película para compartir público con Torrente 3D.
Más cositas… Bueno, no se me ocurren muchas más en plan acontecimiento, así que paso a las enumeraciones de actividades y situaciones que me siguen pareciendo curiosas y comentables desde algún punto de vista.
La influencia argentina o cómo no se coloca una tilde:
No, no se trata de una foto enviada desde Buenos Aires, sino que ha sido tomada delante del escaparate de una perfumería en la Calle San Bernardo de Madrid. El que escribió la palabra sabía que por ahí debía haber una tilde pero no acertó en la letra…
Donde menos te lo esperas…
Otro ejemplo de eslogan, como mínimo un tanto raro. ¿Dónde no esperaría encontrarme yo el virus del VIH, que es al que se refiere el cartel? Pues yo diría que en un bocata de calamares, dentro de un pendrive o en mi cámara fotográfica. Lo que desde luego no me resultaría inesperado es encontrarme una animada fiesta vírica en los fluidos que suelen acompañar los actos sexuales de hombres y mujeres. Supongo que yo peco de pesimista: para mí cualquiera puede ser portador del virus, lo que no debe de ser lo habitual puesto que ese es el eslogan. Será que la mayoría de los demás pecan de ingenuos…
En Telefónica hay mucho pijo.
Veamos: que me quede con las vueltas. Vale, hasta ahí muy bien. No hace falta que me lo recomiende Telefónica, pero vale. Lo que ocurre es que junto a la moneda de 50 cents aparece una taza de café, lo que me lleva a pensar que estos tipos cuando se toman un café y les devuelven 50 cents lo dejan de propina. Si eso no es de pijo, ya me dirán qué puede serlo. Este tipo de publicidad me interesa porque dice mucho más de quien la pone que de a quien va dirigida y el retrato que sale no es muy bonito que digamos en estos momentos de crisis.
Gramática práctica
Este cartelito que hay en una charcutería tipo delicatessen de la calle Arenal de Madrid me hace mucha gracia porque me recuerda esa frase que nos decían para aprender la diferencia entre homófonos ‘ahí hay un hombre que dice ay’. Y, de momento, nos quedamos aquí. Sigo con otra macroentrada en los próximos días…
4 de octubre de 2010
Un microfilm
Aquí os dejo un cortito que he hecho la otra tarde sin ninguna pretensión y con imágenes recolectadas al estilo de Los espigadores y la espigadora.
11 de septiembre de 2010
Cuando me fui de Salamanca
Estimados/as alumnos/as:
A partir del próximo 1 de octubre dejaré la ciudad de Salamanca para trasladarme a Madrid como profesor de la Universidad Rey Juan Carlos I. Esto quiere decir que dejaré de impartir las materias que hasta ahora tenía a mi cargo en la Universidad salmantina. Siento que la noticia llegue un poco por sorpresa, pero también yo he sido sorprendido por la posibilidad de marcharme.
En esta universidad he pasado casi ocho años desde que llegué en 2000 de forma azarosa, hasta este momento, en que me marcho de un modo no menos azaroso. Tengo que deciros que los mejores momentos que he pasado aquí están unidos de uno u otro modo a la presencia de algún alumno o alguna alumna que, finalmente, se convertía en amigo o amiga; y una de las cosas que más echaré de menos al marcharme será el contacto directo (a veces demasiado directo :-)) con los alumnos y alumnas de esta universidad. Los que me han conocido de cerca saben que al inicio de cada curso me sentía nervioso ante la expectativa que se presentaba de conocer a nuevas personas con las que iba a compartir lo que soy, por esta impudicia mía que me impide quedarme encerrado en mi burbuja para pasar a contar intimidades que a veces a alguno le parecían incluso divertidas. Supongo que no a todos les gustaba mi estilo, pero siempre traté de que la docencia en esta universidad fuera algo más que un simple trámite y que se convirtiera en un modo de poner en contacto diversos modos de entender la vida y el mundo. Ante la visión de una universidad convertida en una pieza más del engranaje económico-empresarial en la que primaría la investigación aplicada a la tecnología yo apoyo otra más humana, o más humanística si se quiere, en la que la que el paso por las aulas universitarias no sea tan sólo un modo de ponerle el marchamo (esa especie de medallita que acredita el origen del producto) a los chorizos que salen por su puerta, sino un momento para discutir, para reflexionar y para tomar conciencia.
Alguno/a puede preguntarse por qué no me quedo en Salamanca. Los/as que me conocen ya saben la respuesta. No se trata tanto de que no me guste el trabajo o la universidad -sobre todo ahora que parece que, por fin, va a contar con un grado en comunicación y hay expectativas para quien quiera hacer carrera como profesor-, como que no me he adaptado a esta ciudad. Siempre he echado en falta, parafraseando a Frank Sinatra en New York, New York, despertarme en una ciudad que nunca duerma (y no me refiero a los bares que abren hasta el amanecer, que en Salamanca no faltan:-)). Tampoco puedo dejar de lado el hecho de que a mí el frío me mata. Les parecerá una tontería a algunos/as, pero eso de tener que ir con diez capas de abrigo (la conocida teoría de la cebolla que aprendí aquí) de noviembre a marzo me dejaba exhausto y deprimido a mí, acostumbrado desde chiquitito -que diría un castizo gaditano- al sol y a la playa y a los 20 grados en enero. Así pues, decido solidarizarme con el colectivo mayoritario que en esta ciudad está de paso y que, un día u otro, dice adiós a una época inolvidable, aunque en mi caso no sea la mejor de mi vida -pero sólo porque creo que la mejor época de la vida de cada uno está siempre por venir y no porque en Salamanca no lo haya pasado bien (aunque también lo haya pasado mal) y dejo ya la retórica.
En fin, que los/as que queráis saber de mí me tendréis a vuestra disposición en la capital del reino a partir del uno de octubre. Sé que me esperan meses de adaptación, pero los vivo con la expectación y la emoción de quien abre el paquete que le acaban de dar. Espero que hayan acertado con el regalo.
Un abrazo a todos y a todas.
10 de septiembre de 2010
David Cantero
- "Es muy entusiasmante poder decir a mi edad, 49 años, que soy el nuevo en algo".
8 de septiembre de 2010
El buen bailarín
7 de septiembre de 2010
El rock, la revolución y el relativismo
2 de septiembre de 2010
Se va la Transversal
8 de febrero de 2010
¡Pírate, frustrado!
Me encontré este cartel hace unos meses en el metro. Hasta ahora estaba acostumbrado a encontrarme anuncios en los que se presumía de la mejor calidad de un producto o de la mayor riqueza de alguien (generalmente un personaje con el que debía identificarme si la publicidad estaba bien dirigida). Este anuncio es muy diferente porque ha dejado de hablar del terreno habitual de la publicidad (el presente) para empezar a vendernos algo nuevo (la posibilidad de un futuro). Ojo con el matiz. No se trata de que se nos prometa algo que se cumplirá si tenemos tal o cual producto (el futuro). Eso también lo hacen algunos anuncios. Ahora se trata de vendernos el terreno de lo posible (la posibilidad del futuro). Da igual lo que tengas o lo que vayas a tener con seguridad. Yo tengo más posibilidades que tú y eso no puede comprarse. Ese terreno de la expectativa es el terreno de la juventud, el terreno de los que todavía no son nada y que tal vez pueden ser algo en el futuro porque, a priori, sus expectativas son mejores. Como yo soy de los que desconfían del profundo significado de los eslóganes publicitarios relaciono esa imagen arrogante del éxito posible con el desprecio que se muestras contra quienes no tienen tantas expectativas de forma concreta y real, contra los que por edad, por circunstancias o por lo que sea, da la impresión de que no saldrán del hoyo sin antes pasar por muchas dificultades y me asusta la falta de solidaridad, de “ahí te las den todas” que rezuma este anuncio.
También me da por pensar en los mercados de valores. Sin duda este anuncio es hijo de la especulación porque lo que se vende en bolsa en estos días de crisis (y desde mucho antes) no son los valores reales, lo que puede ofrecer de verdad determinada empresa, sino sus expectativas (eso que se llama mercados o contratos de futuros). En ese terreno de la expectación, de la posibilidad, se mueven estos mercados donde se crio la crisis de la que tanto se habla. Incluso pienso que si la crisis no se va es porque desde todos lados nos dicen que nuestras expectativas son peores que las de los demás. Y nosotros nos lo creemos. Divertido, muy divertido que aquellos que no adivinaron la llegada de la crisis ahora adivinen la no llegada de la recuperación. Tampoco soy de los que dicen que la crisis se esté terminando pero esos oráculos de la economía tienen para mí la misma credibilidad que hace tres años, la misma que le doy ahora mismo a la Bruja Lola cuando hace sus predicciones.
