



Bueno, sí, he caído en las manos de los chicos de Cupertino. En realidad he vuelto, porque yo, señoras y señores, soy uno de esos locos usuarios que se gastaron una pasta (creo que, si no recuerdo mal, unos 1800€ de los de 1991, cuando todavía no había €) en comprar un Classic. En ese momento (bueno, como ahora), comprar un Mac era entrar en la era de la modernidad y el buen gusto. Los PC’s eran pasto del MSDOS y todo había que hacerlo a base de tecla y terminal de ordenador (era muy divertido y fastidioso tener que poner algo así como *b* cada vez que lo siguiente tenía que ir en negrita). En definitiva, que si querías hacer algo de manera fácil y cómoda tenías que tirar por Mac. Yo pasé de un Amstrad 6128 al de la manzana, así que aluciné cuando saqué mis primeros trabajos para las asignaturas de la universidad editados con MacWrite e impresos en una Stylewriter con la impresionante tecnología de chorro de tinta que apenas empezaba a dar sus frutos.
Ese primer Mac estaba fabricado en Irlanda. En ese momento era un país con mano de obra barata que acogía a empresas, como Apple, que buscaban deslocalizar (me gusta ese neologismo porque tiene una connotación que huele a capitalismo neoliberal con pocos escrúpulos* que define mejor el término) la producción a sitios más baratos. Cuando lo encargué sólo sabía que la sede central de la empresa estaba en California. Lo de Irlanda me lo dijo el vendedor de la tienda (un emprendedor admirable que apostaba por algo que tal vez podía ir bien pero que en ese momento no estaba tan claro). Di una señal, me llevé un albarán y a casita a esperar sin más noticias que las que pedí un poco desesperado unos quince días después al ver que no me llamaban. Creo que tardaron como un mes en tenerlo listo para poder recogerlo. Un día por fin me dieron la buena noticia y me dijeron que podía pasar a por él. En casa, mientras empezaba a alucinar con el Finder, olvidé todo el tiempo que había pasado esperando y se me desdibujó el proceso por el cual ese ordenador había llegado a mis manos.
En esta ocasión, dado que disponemos de eso que se llama internet, no me he podido despegar de ese proceso, aunque tampoco he querido. De momento, el encargo no lo he hecho en una tienda física, sino desde una página web de la tienda Mac de la URJC (que tiene unos precios como 200€ más baratos en el caso de mi ordenador). Una vez confirmado el pedido, me han mandado un correo diciendo que el ordenador me lo mandaban en tres días desde la planta de fabricación que, cómo no, en esta época no se encuentra en la intervenida Irlanda (tal vez en parte por eso está intervenida), sino en la pujante, contaminante y /ironía on/ defensora de las libertades individuales y de expresión /ironía off/, como todos ya saben, China (ahórrense las críticas a mi crítica por ser un incoherente; ya se ha demostrado que tratar de prescindir de productos fabricados, manipulados o, de un modo u otro, relacionados con China, sobre todo en el caso de la tecnología, es poco menos que imposible, así que da igual a quién le compremos el ordenador: como mínimo, alguna pieza estará fabricada allí).
Como me dan un número de seguimiento, he podido ver el camino que recorre mi ordenador hasta llegar a la puerta de mi casa. Aquí la foto:
Alucino con la rapidez pero en esta ocasión me pongo más ansioso que cuando pedí mi primer Mac hace veinte años. Supongo que es por la cosa de que ahora se ha impuesto el ‘lo quiero ya’, una vez arrojadas al retrete las recomendaciones psiconalíticas para posponer el placer y tener paciencia en un mundo poco dado a reconocer la existencia de inconscientes, subconscientes y otros elementos oscuros de nuestra psique, con las consiguiente incapacidad para tolerar la frustración y soportar el no. Pero vamos a dejar de irnos por las ramas, que me pierdo.
El ordenador me llega finalmente, pero descubro un problema en el trackpad en los cinco días que lo uso. Llamo al servicio Apple Care (en esto son un poquito pedantes, pero les funciona llamar a las cosas con otro nombre, tal vez porque son otras cosas). Me sorprendo porque no me atiende alguien que pronuncia como si tuviera una patata en la boca o creyendo que por ser latinoamericano hablamos el mismo dialecto y le voy a entender sin que tenga que hacer él el más mínimo esfuerzo –y no me estoy metiendo con los latinoamericanos, o al menos no por su origen; podría decir lo mismo de una gran parte de los gaditanos que hablamos entre nosotros a veces como en una especie de lenguaje sms en el que falta la mitad de abecedario, lo que complicaría nuestra comunicación con seres menos dados a la economía fonética o nos obligaría a montar servicios de atención exclusiva al cliente gaditano (“¿Qpsa, picha?” “Casaío el rute al caraho, coone” “Porreinisia y no sea majartible”) si atendiéramos sin renunciar a nuestra idiosincrasia. Lo que ya me deja sin habla es que sea la chica de Apple la que me anime a que, ya que el ordenador está recién comprado, nos dejemos de tonterías y lo devuelva, en lugar de obligarme a hacer esas cosas a las que te obligan los que te atienden cuando llamas a tu compañía de internet, como reiniciar todo lo reiniciable, apagar, encender, y volver a llamar cuando te olvidas de que al apagar el router también se apaga el teléfono.
El sistema de devolución es sencillo: me dan un numerito que yo pongo en la caja donde voy a devolver el ordenador. Al día siguiente me llaman de una empresa de transportes y me mandan un albarán con los datos. Al cabo del rato viene un señor y se lleva el paquete. El ordenador no vuelve a China, sino a Eindhoven, en Holanda, ahí al lado de Colonia. Me da entonces (bueno, lo he hecho desde que lo pedí, pero literariamente queda mejor decirlo así…) por ver cuál es el camino que está siguiendo el paquete en Google Maps. Al principio, cuando miro el mapa a una escala grande la ruta se me sale de la pantalla pero cuando reduzco esa escala (¿o es al revés: escala pequeña / ampliación de escala? Con esto nunca me aclaro) para que la línea imaginaria que une los puntos sea abarcable de un sólo golpe de vista empiezo a comprender a los CEOs: ellos no ven el mundo como algo enorme, sino como un tablero donde se mueven las piezas de un punto a otro con rapidez y facilidad pasmosas, siempre que se tenga dinero suficiente para pagar el proceso. Mientras amplío y reduzco el tamaño del mapa, como en un juego, pienso en un gaditano de la viña, parado e incapaz de separarse de su playa Caleta; en un irlandés parado también que se siente deprimido porque en su barrio y en su país las cosas no van bien; en un chino que, después de montar cientos de ordenadores, se va respirando humo por las calles de Shangai tratando de que se le vayan los deseos de suicidarse, angustiado por tanta presión en el trabajo. Me siento tentado de cancelar el encargo de ese ordenador flamante pero me lo pienso mejor y decido utilizarlo para escribir estas cosas más fácilmente. Es el sino de este tiempo: uno no termina de tener claro si debe renunciar a todo y abominar de la sed capitalista de consumo o si debe aprovechar las herramientas de ese mismo capitalismo avasallador* para ponerlo en evidencia. De momento opto por lo segundo, bueno, en la medida en que uno puede hacer estas cosas, porque hace tiempo que me afeité la barba de profeta y ya no encabezo la rebelión aunque algo de rebelde me quede. Y, sobre todo, decido cerrar el Google Maps y dejar de mirar países como si fueran casillas del Monopoly y me voy acercando suavemente a darle un beso a mi chica que está aquí al lado y la puedo tocar y reírme con ella. Por suerte, me falta un puntito de dios para terminar de mirar el mundo como probablemente lo miran cada día todos los CEOs del mundo.
*Para seres pensantes: obsérvese la ausencia de comas. Lo malo del capitalismo salvaje o del comunismo totalitario no es que sean capitalismo o comunismo, sino que sean salvajes y totalitarios.
Leo la entrevista que le hacen a Andrés Aberasturi (hijo) en EPS (El País Semanal) de este domingo 2 de enero de 2011 y me llama la atención una respuesta que me recuerda aquello que dijo Clinton cuando se le preguntó por su affaire con Monica Lewinski: “Lo hice por la peor razón: porque pude”. Aberasturi dice algo parecido sobre la posibilidad de crear, sobre la presencia de herramientas maravillosas que nos permiten ser cualquier cosa, no porque queramos, sino porque podemos. Dejo aquí testimonio gráfico de mi lectura, puntas de mis dedos incluidas, en el café Faborit de San Bernardo. No me atreví a volver a entrar en un café ‘español’ –para mí, los que no pertenecen a una cadena de esas que prohibían fumar desde su fundación y (ironía on) que están todas arruinadas precisamente por prohibirlo, como Starbucks (ironía off)-porque no me fiaba de que la prohibición de fumar hubiera causado efecto. Lo mismo lo hago mañana o pasado, visto que igual puedo salir de la prueba sin que mi camisa y mi pelo apeste a cenicero. El comentario a continuación.
Cada vez que me preguntan por mi carrera de cineasta suelo terminar hablando de que ahora mismo no eres nadie si no tienes un móvil con conexión a internet o no has rodado un corto. Yo, que la asignatura de rodar cortos la aprobé con nota hace casi quince años, me encuentro ahora con que cada vez tengo menos ganas de rodar. Tal vez suene petulante pero no me gusta entrar a competir con el primero que ha salido corriendo a filmar una parida con su cámara y ha conseguido sus treinta segundos de gloria a base de ser, con toda probabilidad, ingenioso o escandaloso. No me interesa ser ni lo uno ni lo otro. El ingenio está sobrevalorado, y estoy de acuerdo con Marina (Elogio y refutación del ingenio) en que no deja de ser un divertimento de la inteligencia, algo que nos puede hacer gracia, al estilo de un monólogo de humor de los de Paramount Comedy pero sin fondo alguno. El escándalo se lo dejo a la caterva de Belenes Esteban que pulula por ahí deseando matar a su padre o matar por su hija, para salir en televisión. En definitiva, me da pereza tener que andar reivindicando mi deseo de ser cineasta entre cientos de otros tantos cineastas que lo son sólo porque pueden, a veces con un resultado, en lo que se refiere a la capacidad para comunicar sus obras, mucho más efectivo, todo hay que decirlo.
Por otra parte, también me pregunto hasta qué punto soy lo que soy porque puedo o porque quiero. Se puede decir que soy profesor principalmente porque puedo y no tanto porque quiero. ¿Y qué quiero? ¿Quiero ser actor? ¿Quiero ser músico? ¿Quiero ser escritor? ¿Quiero ser director? Hay algo que no dice Aberasturi y es que cuando uno puede algo y lo puede fácilmente (ahora es tan sencillo rodar con cualquier cámara, montar con cualquier ordenador, distribuir desde internet, para hablar tan sólo del mundo del cine o, en mi caso, es fácil seguir siendo profesor ahora que he consolidado de una manera contradictoriamente provisional una cierta posición) lo que quiere puede quedar sepultado debajo de esa facilidad, debajo de la comodidad que supone no enfrentarse a la corriente que le lleva dulcemente por un camino que tal vez sea incluso conveniente o agradable o envidiable pero que no es el por el que uno luchó, por el que uno habría dado tanto… Supongo que es el sino de la mayor parte de los mediocres del mundo, que no son los que viven felizmente una vida anodina, sino los que habiendo vislumbrado una posible gloria –tal vez falsa, tal vez inalcanzable, pero en cualquier caso sin haber trabajado hasta la extenuación, que es el único modo de trabajar en estos casos, por conseguirla- tienen que conformarse con una cotidianeidad un tanto funcionarial. Todavía tengo ataques de rebeldía. Tal vez quiera eso decir que vislumbro esa gloria –la gloria de ser fiel a mi deseo, no la gloria de la fama o la popularidad- y que aún creo estar a tiempo por luchar hasta la muerte para conseguirla. Igual empiezo mañana.
Me encontré este cartel hace unos meses en el metro. Hasta ahora estaba acostumbrado a encontrarme anuncios en los que se presumía de la mejor calidad de un producto o de la mayor riqueza de alguien (generalmente un personaje con el que debía identificarme si la publicidad estaba bien dirigida). Este anuncio es muy diferente porque ha dejado de hablar del terreno habitual de la publicidad (el presente) para empezar a vendernos algo nuevo (la posibilidad de un futuro). Ojo con el matiz. No se trata de que se nos prometa algo que se cumplirá si tenemos tal o cual producto (el futuro). Eso también lo hacen algunos anuncios. Ahora se trata de vendernos el terreno de lo posible (la posibilidad del futuro). Da igual lo que tengas o lo que vayas a tener con seguridad. Yo tengo más posibilidades que tú y eso no puede comprarse. Ese terreno de la expectativa es el terreno de la juventud, el terreno de los que todavía no son nada y que tal vez pueden ser algo en el futuro porque, a priori, sus expectativas son mejores. Como yo soy de los que desconfían del profundo significado de los eslóganes publicitarios relaciono esa imagen arrogante del éxito posible con el desprecio que se muestras contra quienes no tienen tantas expectativas de forma concreta y real, contra los que por edad, por circunstancias o por lo que sea, da la impresión de que no saldrán del hoyo sin antes pasar por muchas dificultades y me asusta la falta de solidaridad, de “ahí te las den todas” que rezuma este anuncio.
También me da por pensar en los mercados de valores. Sin duda este anuncio es hijo de la especulación porque lo que se vende en bolsa en estos días de crisis (y desde mucho antes) no son los valores reales, lo que puede ofrecer de verdad determinada empresa, sino sus expectativas (eso que se llama mercados o contratos de futuros). En ese terreno de la expectación, de la posibilidad, se mueven estos mercados donde se crio la crisis de la que tanto se habla. Incluso pienso que si la crisis no se va es porque desde todos lados nos dicen que nuestras expectativas son peores que las de los demás. Y nosotros nos lo creemos. Divertido, muy divertido que aquellos que no adivinaron la llegada de la crisis ahora adivinen la no llegada de la recuperación. Tampoco soy de los que dicen que la crisis se esté terminando pero esos oráculos de la economía tienen para mí la misma credibilidad que hace tres años, la misma que le doy ahora mismo a la Bruja Lola cuando hace sus predicciones.
No puedo evitarlo: cada vez que paso por delante de una ortopedia me quedo fascinado delante de su escaparate, mirando los extraños objetos antropomorfos. Imagino que cada uno de ellos es, en realidad, un fragmento amputado a un cuerpo real que se ha convertido en metal o madera y que ahora se ofrece para aliviar sufrimientos o para que otros amputados recuperen al menos la forma que deberían tener sus miembros ausentes dentro de la chaqueta o el zapato. Esta es una ortopedia podológica. Que se dedican al pie, vamos, y el pensamiento vuela alrededor de la idea de que cada uno de esos pies de factura diversa es, en realidad, un recuerdo de la tortura a la que se ven sometidos quienes necesitan utilizar este tipo de aparatos. Pienso en cuántas personas estarán doliéndose ahora de sus pobres pies y mientras me voy alejando del escaparate descubro un pequeño dolor en la planta de mi pie derecho. Empiezo a cojear un poco, mientras un escalofrío me recorre al recordar ese pie abierto en dos por efecto del tornillo que lo atraviesa, el último que miré antes de empezar a caminar…
Cuando pedimos perdón sinceramente no lo hacemos en realidad por algo que hemos hecho nosotros, sino que lo hacemos en nombre de ese yo que fuimos antes y por el que sentimos vergüenza ajena o, como mucho, algo de compasión. Conocemos bien al causante de la desgracia o al responsable del error porque convivimos con él mucho tiempo hasta que fuimos otros en el mismo instante en que tomamos conciencia de que habíamos metido la pata. Por esa persona cercana, pero lejana en el momento de la crisis –de identidad se podría decir en este caso-, pedimos perdón para poder seguir adelante sabiendo que nosotros, en realidad, nunca seríamos capaces de hacer ese tipo de barrabasadas. Pido, pues, perdón por Juanjo en este caso, porque hace mucho que no escribe en este blog, dando así mal ejemplo a todos a los que él critica habitualmente por no crear, por no esforzarse en tener una opinión, una visión del mundo y compartirla. Yo le entiendo un poco, pero no puedo aprobar su comportamiento porque yo nunca dejaría un blog tan abandonado como él ha hecho durante todo este tiempo…
En primer lugar tengo que decir que estoy agradecido por haber sido seleccionado junto a Javier para ser padrino de la promoción. Supongo que, como ha hecho Javier, me toca deciros unas doctas palabras. En mi caso, como dijo el torero, se hará lo que se pueda. Además, eso de ser padrino es algo así como ser padre y yo no tengo experiencia en el asunto. En lo que se refiere a hacer discursos, tengo algo más de experiencia, pero ya me conocéis y tampoco soy partidario de dar lecciones a nadie. Cada uno aprende por sí mismo a partir de lo que se encuentra en la vida, y los profesores, como ya Javier os ha contado, sólo somos mediadores, alumnos de un curso superior de la vida que no somos mejores ni más inteligentes que los estáis en los cursos inferiores. Podéis estar tranquilos, por otra parte, ya que voy a evitar la tentación de animar el discurso a base de hablar de mi vida sexual {que, por otra parte, conocéis bien gracias a mis clases. Quiero decir, que cuento en ellas detalles de mi vida para dar interés, no que en ellas se practique nada. Bueno, en fin, salgamos de este jardín...}
Cuando os marchéis de Salamanca diréis probablemente “¡qué buenos momentos pasé en la universidad!” Esto hay que matizarlo porque es mentira. Los buenos momentos los pasasteis en el Potemkin, en el Paniagua o en el Gatsbi, dependiendo de vuestros gustos, aunque todos al final termináramos, perdón, terminarais en un garito como el Pecados. Por supuesto, a los padres asistentes le tengo que tranquilizar: sus hijos nunca visitaron estos lugares, fueron sólo los hijos de los demás los que estuvieron allí.
La universidad os ha dado un título o dos, en la mayoría de vuestros casos. Esos títulos no certifican mucho. Simplemente que habéis superado una serie de pruebas que nosotros os hemos puesto para que demostréis ciertas capacidades que previamente han sido entrenadas. Ahora os toca salir al mundo para poner esas capacidades en marcha. Me gustaría que al hacerlo no olvidarais el espíritu que ahora os mueve, y no me refiero a que sigáis el mismo ritmo de fiestas, ya que vuestro hígado no lo resistiría probablemente sino que mantengáis la generosidad que todo universitario tiene, por más que en esta época la generosidad esté cada vez peor vista y se trate de inculcar que lo único que sirve es aquello que da dinero.
A menudo digo también que esta universidad es un parque temático tipo Disneylandia o Warner, en el que los profesores hacen el papel del pájaro Piolín o del Pato Lucas (y vuestra imaginación puede asignar el resto de los personajes a quienes os hemos dado clase) y vosotros el de usuarios del parque. Habéis estado en su interior durante dos o más cursos y ahora os toca salir. Algunos volverán a su casa satisfechos de haberse subido en las atracciones -un poco desvencijadas en algún caso, es cierto- y añorarán para siempre estos años. Otros habrán preferido pasear por los bares del parque y habrán hecho lo mínimo para titularse en ingeniero superior de norias y tiovivos. En cualquier caso se acaba la vida en este mundo ilusorio llamado Salamanca que, os voy a confesar el secreto, NO EXISTE. Todo ha sido montado por un mago que pretende que creáis que estos son los mejores años de vuestra vida, pero no es cierto. Los mejores años de vuestra vida están por llegar. Me gustaría que el brillo de estos años no os impidiera daros cuenta de que podéis construirla como os plazca, sin los condicionantes que los tristes y los agoreros os lanzan: “la vida está muy mala”, “hay mucho paro”, “tenéis que ser competitivos”. Intentad no hacerles caso. Ya sois competentes. No os hace falta ser competitivos o no al menos hasta el punto de olvidaros de ser solidarios. Hay que buscarse la vida, por supuesto -no soy un iluso-, pero no vendiendo todo vuestro tiempo y vuestra alma por una nómina que siempre estará por debajo de lo que os merecéis como personas. Si os vendéis por un plato de lentejas, al menos, como dice Javier Krahe en su canción Esaú, que las lentejas sean con chorizo. Y que el chorizo sea no una cifra de tres o cuatro ceros, sino tiempo. Tiempo para disfrutar con otros, tiempo -aquellos que la quieran- para dedicárselo a una familia, tiempo para imaginar, tiempo para convertiros en productores y directores de vuestra propia vida. Tened cuidado porque os van a decir que vuestra vida sólo valdrá en la medida en que se convierta en una cara superproducción de Hollywood muy espectacular, pero os recuerdo que siempre podréis hacer una película de esas pequeñas que se hacen con cariño y poco dinero, pero que tienen un excelente guión y que no necesitan superhéroes ni estrellas, ni llegar a ser las primeras de la taquilla para que todos sepan que son buenas, muy buenas, si no las mejores películas.
Por lo demás podéis escoger el género. A algunos les tira la tragedia o el drama pero son géneros muy sufridos y generan dependencias a veces terribles. Yo, que ya he pasado por los dos en mi vida os recomiendo que no perdáis el tiempo, y que os lancéis a hacer comedia que, desde el punto de vista de la dramaturgia no es aquella obra en la que uno se ríe a carcajadas, sino aquella obra en la que los errores tienen solución. Os diré otro secreto que guardan los que tratarán de convertiros en sus esclavos: los errores no existen. Son sólo datos. Datos para reconducir vuestra vida por donde queráis. No dejéis nunca que un error os paralice, o lo que es peor, que alguien lo utilice para que no podáis cambiar, para que la comedia no tenga un final feliz.
Este es mi deseo. Parafraseando a Mafalda, ojalá que el mundo no os cambie demasiado antes de que vosotros podáis cambiar el mundo.
Que podéis.
Ayer recibo un sms de una amiga. La frase es escueta: "Eloy ha muerto". Fue el 4 de noviembre, pero como estoy en Salamanca y me queda poca gente en Cádiz la noticia no me llega hasta ayer. Eloy es Eloy Gómez Rube, el Eloy de Cádiz, una persona inclasificable, un autor teatral, un poeta, un escritor de relatos canallas; alternativo hasta un punto que pocos de los presuntos alternativos actuales podrían entender. Pocas veces una facultad, la de Filosofía y Letras de Cádiz, tuvo el honor de que trabajara allí como auxiliar de servicio -portero, para lo que no sepan de convenios colectivos-, alguien que debería tener un lugar en la historia de la cultura de Cádiz, alguien que combinaba en su personalidad los espacios del barrio del Pópulo con la cultura cosmopolita berlinesa y europea y que siempre se paraba, aunque más cabría decir que caminaba, con quien quisiera hablar un rato con él, tras encontrárselo por cualquiera de las calles del casco antiguo si es que no estaba de viaje.
Ya que estamos en Semana Santa. dejo aquí constancia de cómo la ultramodernidad afecta a todos los campos y actividades. Los penitentes eran, hasta hace un tiempo, personas que expiaban sus pecados o que, habiendo pedido un favor a Dios, entregaban su sufrimiento a cambio de la gracia recibida. Ahora, ayudados de la tienda de sombreros de la foto pueden quedar muy bien delante de todos los amigos como cristiano viejo y auténtico sin tener que pasar por el suplicio del gorro de cartón que estaba ahí para que el penitente sufriera. Claro que lo mismo Dios, que lo ve todo, también puede mirar debajo de los capuchones y comprobar que ese, en apariencia, compungido feligrés está haciendo, en realidad, un pase de modas del alma pret-a-porter de la temporada correspondiente...
Mi gata gordita murió en septiembre. No lo reseñé aquí, liado como estaba con mi examen como profesor. He ido a buscar una foto suya para ponerla en el blog, pero resulta que no tenía ninguna digitalizada. Todas las imágenes en las que aparece están sobre papel. Algunas de ellas son incluso divertidas, como esas dos en las que aparece cerca de los ordenadores. Intentaré escanearlas para dejarlas por aquí. Como sustituto pongo una viñeta de Pumby, un tebeo que yo leía en mi infancia y que, cada vez que lo veo, no dejo de sentir una profunda nostalgia. Hay mucho detrás de esos Pumby que yo cambiaba en una pequeña tienda de mi barrio por otros tebeos más nuevos (antes éramos ecologistas sin saberlo: todavía se llevaba la botella vacía cuando comprábamos una llena, había aceite a granel que se llevaban los compradores en sus propios recipientes y uno podía llevarse un tebeo nuevo por un precio más pequeño si traía otro a cambio). Pumby tiene que decir mucho sobre mí, sobre mi educación como lector gracias a que mi padre me dejaba sus tebeos del Guerrero del Antifaz o de Roberto Alcázar y Pedrín o incluso la revista Trinca; y en Navidad se encargó de que los Reyes Magos me trajeran varias veces unos gruesos tomos encuadernados artesanalmente con los tebeos de Supermán publicados en México por la editorial Novaro. Ese gato dibujado también dice mucho de la pena que me causa que mi madre nunca entendiera que un cómic (como los llaman ahora) es algo valioso, que hay objetos que merece la pena guardar, como esos Pumbys, y que terminara por tirar a la basura todos los tebeos (algunos se salvaron, cuando ya tuve edad para tomar algunas decisiones) y todas mis colecciones de cosas extravagantes, para ella, como la de cajas de cerillas que traían imágenes en el anverso con un pequeño texto explicativo en el reverso y que se convertían en cromos por el procedimiento de quitarles las bandas y pegar las dos caras resultantes con un engrudo que yo mismo hacía con agua y harina. Pumby -y también mi gata muerta-, hace que me acuerde de mi padre, que lo eche de menos ahora que estoy lejos de Cádiz y no puedo verlo. Aunque en realidad a pesar de lo que digo nunca lo tuve cerca: durante mi infancia porque trabajaba mañana y tarde; durante mi adolescencia porque yo mismo lo evitaba ante la imagen que mi madre se encargaba de construir a cada momento de padre despreocupado y poco responsable para con sus hijos; y ahora porque vivo a setecientos kilómetros de mi ciudad natal. No es que cuando voy de visita a verlo me comunique bien con él. No me hacen gracias sus chistes repetidos y su incapacidad para comunicarse fuera de ciertos tópicos, pero sé que mucho de lo que hoy soy (mi aptitudes artísticas para la música, la escritura o la actuación, mi mirada un tanto ingenua sobre todas las cosas, mi amor por el flamenco...) se lo debo a él y sé también que cuando se marche definitivamente me sentiré inmensamente triste por no haberlo tenido cerca en ningún momento.
Voy a la Biblioteca Pública de Salamanca, en la Casa de las Conchas. Allí estamos haciendo una serie de actividades en torno a la creación literaria llamadas Un río de palabras. Esta tarde me estoy encargando de hacerle fotos a las creaciones literarias que el público coloca en una serie de paneles. Al lado de uno de ellos dos chicas están estudiando la lengua de signos que utilizan los sordos para comunicarse. Forman una estampa curiosa. Frente a las palabras escritas, esculpidas, permanentes (bueno, todo lo permanentes que nos permitan los paneles) aparecen otros signos que se escapan en un soplo. Los sordomundos, con su lengua de signos no dejan de hacer en cada momento poesía visual. O ballet de ideas. Y me gusta pensar que, frente a los que pretenden imponer el modo de ver las cosas de la mayoría, esos que dicen que si no forzamos a los sordos a hablar como los que no lo son se quedarán aislados; aquellos que usan la lengua de signos nos enseñan que la diversidad es siempre positiva y que cuantas más lenguas o sistemas de signos haya, más mundos diferentes podremos construir y entender. Frente a ellos siempre estarán los ignorantes que preferirán que sean los otros los que aprendan su lengua para aplastar, de este modo, cualquier diversidad que enriquezca. Frente a las imposiciones imperialistas de cualquier orden -español frente a catalán, gallego o euskera; inglés frente a español y catalán juntos; lengua oficial frente a lengua de signos; Burguer King o Mc'Donalds frente a tapa de pescado en adobo- reivindico la minoría. Ho entens? Yo por lo menos sí. Sólo es cuestión de usar la inteligencia para aprender otras visiones, otras realidades, otros signos, otras lenguas...
Vivo cerca de los pájaros. Por eso sé que las golondrinas dan vueltas y vueltas toda la mañana, lo más seguro es que alimentándose de las móscas que ahora son tan abundantes. De cuando en cuando alguna cigüeña cruza también el cielo. Los gorriones y esos pájaros negros de los que no conozco el nombre (tal vez debería preguntar a alguien de aquí) aparecen en cualquier momento. De hecho, he puesto un poco de pan en el alféizar para que coman. Los gorriones vienen y suelen quedarse unos instantes, hasta que se dan cuenta de que yo estoy ahí, detrás de la ventana, observándolos. Entonces toman con el pico un trozo pequeño de pan y salen volando. Los pájaros negros (definitivamente tengo que preguntarle a alguien el nombre) son mucho más desconfiados. A veces se posan sobre las tejas y se van acercando poco a poco a la ventana pero si notan el más leve movimiento se marchan. Alguno, sin embargo, ha sido capaz de llegar volando hasta tomar un trozo de pan más o menos grande y, sin pararse, llevárselo rápidamente. Me pregunto si los pájaros tendrán memoria, si recordarán el lugar de donde se llevan el pan para volver al día siguiente. En cualquier caso estoy seguro de que si un día dejo de poner la correspondiente ración de migas en mi ventana, no aparecerán picoteando los cristales exigiendo que coloque, como cada mañana, los restos de pan del día anterior para que ellos, pájaros de costumbres, no vean destrozada su rutina; ni se sentirán tristes y desgraciados porque no encuentran el pan que un día tras otro les dio la providencia. Lo más probable es que vuelen a buscar otros alféizares donde alguien, seguro, ha puesto un poco de pan para los pájaros.