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15 de marzo de 2011

Walter Benjamin de cerca


Ahora ando escribiendo un artículo, comunicación o lo que sea sobre Tarantino, poniéndolo en relación con Walter Benjamin. Benjamin es un filósofo, cercano a la escuela de Frankfurt y discípulo de Horkheimer, que habló sobre el problema de la obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica, entre otras cosas, mucho antes de que internet estuviera en la imaginación de quienes la pusieron en marcha (si es que habían nacido).

La figura de este filósofo tiene relación con España puesto que Walter Benjamin murió en Port Bou, un pueblo de Girona que tenía un paso ferroviario internacional compartido con Francia, en circunstancias bastante románticas el 26 o 27 de septiembre de 1940. Según yo había leído, Benjamin se suicidó al creer que el gobierno español iba a entregarle a los nazis, teniendo en cuenta que era el año que era y que si nuestro filósofo estaba en España no era para tomar el sol, sino porque venía huyendo desde París de la invasión de Hitler, que acababa de iniciar su andadura por Europa, tratando, en teoría, de llegar a Lisboa para finalmente irse a los Estados Unidos donde le esperaban Adorno y otros amigos. Al llegar a la frontera con España fue retenido por las autoridades junto con el grupo que le acompañaba puesto que Franco había dado órdenes a los puestos fronterizos de no dejar pasar a nadie que viniera de Francia sin salvoconducto. Benjamin había cruzado la frontera a pie y no tenía la documentación en regla. Ese mismo día 26 quedó alojado en una pensión del pueblo y el día 27 amaneció muerto. Al parecer, las autoridades se apiadaron de los acompañantes y permitieron su entrada en España.

Antes de leer nada sobre las circunstancias de su muerte yo creía que Benjamin se había pegado un tiro. En mi imaginación lo veía enfrentado a un espejo (supongo que la historia de Larra influyó en mi imaginario) con la pistola en la sien. Más tarde me enteré de que Benjamin no se suicidó así, sino que murió por una sobredosis de morfina. Además hay quienes propugnan que en realidad no se suicidó, sino que la sobredosis fue accidental -Benjamin era adicto al opiáceo-, o incluso que es posible que fuera asesinado.

Todo esto no deja de ser un anecdotario histórico que puede consultarse en las enciclopedias pero si escribo sobre Benjamin en mi blog es porque un día de verano de hace un par de años pasamos por Port Bou como parte de nuestras vacaciones. Allí, en mitad de un bulevar cercano a la playa había un cartelito que informaba resumidamente de la peripecia de Benjamin y se invitaba a recorrer un itinerario turístico basado en los lugares que probablemente visitó durante su estancia allí. Al leerlo recordé que yo había tenido que dar clases sobre él cuando fui profesor de Teoría de la Comunicación por un tiempo y también recuperé esa historia del suicidio que yo había archivado en abstracto sin saber muy bien sus causas y sus circunstancias. No hice el itinerario pero pensar que Benjamin era un hombre, una persona que existió realmente me hizo sentirme solidario con él. Yo siempre le decía a mis alumnos que aunque estudiábamos ideas, los teóricos de la comunicación eran personas concretas y que muchas veces lo que pensaban esas personas podía obedecer a circunstancias que aparentemente no deberían influir en una obra teórica: el mal tiempo, una enfermedad fastidiosa, un desengaño amoroso, una factura inesperada y cosas así. Encontrarme con Benjamin, la persona, me confirmó que ponerle cuerpo mortal a los pensadores es el mejor modo de entender mejor lo que piensan.

La misma tarde en que yo recorrí junto a Sonia las calles de Port Bou numerosas personas tomaban el sol y se bañaban en la playa del pueblo, ajenas a la tragedia histórica que se había desarrollado setenta años antes allí mismo. Me imaginé que, puesto que Benjamin había muerto entre el 26 o el 27 de septiembre, era muy probable que ese día la playa estuviera concurrida al menos por quienes paseaban para no perderse un día luminoso y aprovechar las temperaturas suaves que ese septiembre de 1940 se disfrutaban en la ciudad costera. No creo -a pesar del itinerario Benjamin que proponía el cartel del ayuntamiento del que hablé antes-, que él tuviera tiempo para paseos.

Estaría cansado después de la caminata a través de los Pirineos, sin fuerzas para discutir su situación con unas autoridades poco dadas a entenderse con judíos comunistas. Benjamin tenía 47 años, sólo dos más que yo pero en las fotos siempre le veo avejentado detrás de sus gafas, su bigote y sus canas y me lo imagino taciturno y callado mientras un guardia civil le pide los papeles al guía que acompaña al grupo; luego, un intento inútil por explicarse y la conducción al alojamiento, su desesperación, sus dudas y su necesidad de aliviar tanto dolor.

El otro día volvía a casa de dar un paseo, en Madrid, y me encontré con este collage, obra de un artista callejero del que me encuentro de vez en cuando cosas así con diversos temas. Me sorprendí sintiendo cierta satisfacción, como la del que se encuentra con un amigo a quien no ve hace mucho. Para mí fue como un regalo y me creo que fui de los pocos que entendió perfectamente qué significaban esas fotocopias pegadas en una baraja del barrio de las letras.


18 de enero de 2011

Mi nuevo Mac

Bueno, sí, he caído en las manos de los chicos de Cupertino. En realidad he vuelto, porque yo, señoras y señores, soy uno de esos locos usuarios que se gastaron una pasta (creo que, si no recuerdo mal, unos 1800€ de los de 1991, cuando todavía no había €) en comprar un Classic. En ese momento (bueno, como ahora), comprar un Mac era entrar en la era de la modernidad y el buen gusto. Los PC’s eran pasto del MSDOS y todo había que hacerlo a base de tecla y terminal de ordenador (era muy divertido y fastidioso tener que poner algo así como *b* cada vez que lo siguiente tenía que ir en negrita). En definitiva, que si querías hacer algo de manera fácil y cómoda tenías que tirar por Mac. Yo pasé de un Amstrad 6128 al de la manzana, así que aluciné cuando saqué mis primeros trabajos para las asignaturas de la universidad editados con MacWrite e impresos en una Stylewriter con la impresionante tecnología de chorro de tinta que apenas empezaba a dar sus frutos.

Ese primer Mac estaba fabricado en Irlanda. En ese momento era un país con mano de obra barata que acogía a empresas, como Apple, que buscaban deslocalizar (me gusta ese neologismo porque tiene una connotación que huele a capitalismo neoliberal con pocos escrúpulos* que define mejor el término) la producción a sitios más baratos. Cuando lo encargué sólo sabía que la sede central de la empresa estaba en California. Lo de Irlanda me lo dijo el vendedor de la tienda (un emprendedor admirable que apostaba por algo que tal vez podía ir bien pero que en ese momento no estaba tan claro). Di una señal, me llevé un albarán y a casita a esperar sin más noticias que las que pedí un poco desesperado unos quince días después al ver que no me llamaban. Creo que tardaron como un mes en tenerlo listo para poder recogerlo. Un día por fin me dieron la buena noticia y me dijeron que podía pasar a por él. En casa, mientras empezaba a alucinar con el Finder, olvidé todo el tiempo que había pasado esperando y se me desdibujó el proceso por el cual ese ordenador había llegado a mis manos.

En esta ocasión, dado que disponemos de eso que se llama internet, no me he podido despegar de ese proceso, aunque tampoco he querido. De momento, el encargo no lo he hecho en una tienda física, sino desde una página web de la tienda Mac de la URJC (que tiene unos precios como 200€ más baratos en el caso de mi ordenador). Una vez confirmado el pedido, me han mandado un correo diciendo que el ordenador me lo mandaban en tres días desde la planta de fabricación que, cómo no, en esta época no se encuentra en la intervenida Irlanda (tal vez en parte por eso está intervenida), sino en la pujante, contaminante y /ironía on/ defensora de las libertades individuales y de expresión /ironía off/, como todos ya saben, China (ahórrense las críticas a mi crítica por ser un incoherente; ya se ha demostrado que tratar de prescindir de productos fabricados, manipulados o, de un modo u otro, relacionados con China, sobre todo en el caso de la tecnología, es poco menos que imposible, así que da igual a quién le compremos el ordenador: como mínimo, alguna pieza estará fabricada allí).

Como me dan un número de seguimiento, he podido ver el camino que recorre mi ordenador hasta llegar a la puerta de mi casa. Aquí la foto:

Captura

Alucino con la rapidez pero en esta ocasión me pongo más ansioso que cuando pedí mi primer Mac hace veinte años. Supongo que es por la cosa de que ahora se ha impuesto el ‘lo quiero ya’, una vez arrojadas al retrete las recomendaciones psiconalíticas para posponer el placer y tener paciencia en un mundo poco dado a reconocer la existencia de inconscientes, subconscientes y otros elementos oscuros de nuestra psique, con las consiguiente incapacidad para tolerar la frustración y soportar el no. Pero vamos a dejar de irnos por las ramas, que me pierdo.

El ordenador me llega finalmente, pero descubro un problema en el trackpad en los cinco días que lo uso. Llamo al servicio Apple Care (en esto son un poquito pedantes, pero les funciona llamar a las cosas con otro nombre, tal vez porque son otras cosas). Me sorprendo porque no me atiende alguien que pronuncia como si tuviera una patata en la boca o creyendo que por ser latinoamericano hablamos el mismo dialecto y le voy a entender sin que tenga que hacer él el más mínimo esfuerzo –y no me estoy metiendo con los latinoamericanos, o al menos no por su origen; podría decir lo mismo de una gran parte de los gaditanos que hablamos entre nosotros a veces como en una especie de lenguaje sms en el que falta la mitad de abecedario, lo que complicaría nuestra comunicación con seres menos dados a la economía fonética o nos obligaría a montar servicios de atención exclusiva al cliente gaditano (“¿Qpsa, picha?” “Casaío el rute al caraho, coone” “Porreinisia y no sea majartible”) si atendiéramos sin renunciar a nuestra idiosincrasia. Lo que ya me deja sin habla es que sea la chica de Apple la que me anime a que, ya que el ordenador está recién comprado, nos dejemos de tonterías y lo devuelva, en lugar de obligarme a hacer esas cosas a las que te obligan los que te atienden cuando llamas a tu compañía de internet, como reiniciar todo lo reiniciable, apagar, encender, y volver a llamar cuando te olvidas de que al apagar el router también se apaga el teléfono.

El sistema de devolución es sencillo: me dan un numerito que yo pongo en la caja donde voy a devolver el ordenador. Al día siguiente me llaman de una empresa de transportes y me mandan un albarán con los datos. Al cabo del rato viene un señor y se lleva el paquete. El ordenador no vuelve a China, sino a Eindhoven, en Holanda, ahí al lado de Colonia. Me da entonces (bueno, lo he hecho desde que lo pedí, pero literariamente queda mejor decirlo así…) por ver cuál es el camino que está siguiendo el paquete en Google Maps. Al principio, cuando miro el mapa a una escala grande la ruta se me sale de la pantalla pero cuando reduzco esa escala (¿o es al revés: escala pequeña / ampliación de escala? Con esto nunca me aclaro) para que la línea imaginaria que une los puntos sea abarcable de un sólo golpe de vista empiezo a comprender a los CEOs: ellos no ven el mundo como algo enorme, sino como un tablero donde se mueven las piezas de un punto a otro con rapidez y facilidad pasmosas, siempre que se tenga dinero suficiente para pagar el proceso. Mientras amplío y reduzco el tamaño del mapa, como en un juego, pienso en un gaditano de la viña, parado e incapaz de separarse de su playa Caleta; en un irlandés parado también que se siente deprimido porque en su barrio y en su país las cosas no van bien; en un chino que, después de montar cientos de ordenadores, se va respirando humo por las calles de Shangai tratando de que se le vayan los deseos de suicidarse, angustiado por tanta presión en el trabajo. Me siento tentado de cancelar el encargo de ese ordenador flamante pero me lo pienso mejor y decido utilizarlo para escribir estas cosas más fácilmente. Es el sino de este tiempo: uno no termina de tener claro si debe renunciar a todo y abominar de la sed capitalista de consumo o si debe aprovechar las herramientas de ese mismo capitalismo avasallador* para ponerlo en evidencia. De momento opto por lo segundo, bueno, en la medida en que uno puede hacer estas cosas, porque hace tiempo que me afeité la barba de profeta y ya no encabezo la rebelión aunque algo de rebelde me quede. Y, sobre todo, decido cerrar el Google Maps y dejar de mirar países como si fueran casillas del Monopoly y me voy acercando suavemente a darle un beso a mi chica que está aquí al lado y la puedo tocar y reírme con ella. Por suerte, me falta un puntito de dios para terminar de mirar el mundo como probablemente lo miran cada día todos los CEOs del mundo.

*Para seres pensantes: obsérvese la ausencia de comas. Lo malo del capitalismo salvaje o del comunismo totalitario no es que sean capitalismo o comunismo, sino que sean salvajes y totalitarios.

3 de enero de 2011

El poder y el deseo

Leo la entrevista que le hacen a Andrés Aberasturi (hijo) en EPS (El País Semanal) de este domingo 2 de enero de 2011 y me llama la atención una respuesta que me recuerda aquello que dijo Clinton cuando se le preguntó por su affaire con Monica Lewinski: “Lo hice por la peor razón: porque pude”. Aberasturi dice algo parecido sobre la posibilidad de crear, sobre la presencia de herramientas maravillosas que nos permiten ser cualquier cosa, no porque queramos, sino porque podemos. Dejo aquí testimonio gráfico de mi lectura, puntas de mis dedos incluidas, en el café Faborit de San Bernardo. No me atreví a volver a entrar en un café ‘español’ –para mí, los que no pertenecen a una cadena de esas que prohibían fumar desde su fundación y (ironía on) que están todas arruinadas precisamente por prohibirlo, como Starbucks (ironía off)-porque no me fiaba de que la prohibición de fumar hubiera causado efecto. Lo mismo lo hago mañana o pasado, visto que igual puedo salir de la prueba sin que mi camisa y mi pelo apeste a cenicero. El comentario a continuación.

Portapapeles01

Cada vez que me preguntan por mi carrera de cineasta suelo terminar hablando de que ahora mismo no eres nadie si no tienes un móvil con conexión a internet o no has rodado un corto. Yo, que la asignatura de rodar cortos la aprobé con nota hace casi quince años, me encuentro ahora con que cada vez tengo menos ganas de rodar. Tal vez suene petulante pero no me gusta entrar a competir con el primero que ha salido corriendo a filmar una parida con su cámara y ha conseguido sus treinta segundos de gloria a base de ser, con toda probabilidad, ingenioso o escandaloso. No me interesa ser ni lo uno ni lo otro. El ingenio está sobrevalorado, y estoy de acuerdo con Marina (Elogio y refutación del ingenio) en que no deja de ser un divertimento de la inteligencia, algo que nos puede hacer gracia, al estilo de un monólogo de humor de los de Paramount Comedy pero sin fondo alguno. El escándalo se lo dejo a la caterva de Belenes Esteban que pulula por ahí deseando matar a su padre o matar por su hija, para salir en televisión. En definitiva, me da pereza tener que andar reivindicando mi deseo de ser cineasta entre cientos de otros tantos cineastas que lo son sólo porque pueden, a veces con un resultado, en lo que se refiere a la capacidad para comunicar sus obras, mucho más efectivo, todo hay que decirlo.

Por otra parte, también me pregunto hasta qué punto soy lo que soy porque puedo o porque quiero. Se puede decir que soy profesor principalmente porque puedo y no tanto porque quiero. ¿Y qué quiero? ¿Quiero ser actor? ¿Quiero ser músico? ¿Quiero ser escritor? ¿Quiero ser director? Hay algo que no dice Aberasturi y es que cuando uno puede algo y lo puede fácilmente (ahora es tan sencillo rodar con cualquier cámara, montar con cualquier ordenador, distribuir desde internet, para hablar tan sólo del mundo del cine o, en mi caso, es fácil seguir siendo profesor ahora que he consolidado de una manera contradictoriamente provisional una cierta posición) lo que quiere puede quedar sepultado debajo de esa facilidad, debajo de la comodidad que supone no enfrentarse a la corriente que le lleva dulcemente por un camino que tal vez sea incluso conveniente o agradable o envidiable pero que no es el por el que uno luchó, por el que uno habría dado tanto… Supongo que es el sino de la mayor parte de los mediocres del mundo, que no son los que viven felizmente una vida anodina, sino los que habiendo vislumbrado una posible gloria –tal vez falsa, tal vez inalcanzable, pero en cualquier caso sin haber trabajado hasta la extenuación, que es el único modo de trabajar en estos casos, por conseguirla- tienen que conformarse con una cotidianeidad un tanto funcionarial. Todavía tengo ataques de rebeldía. Tal vez quiera eso decir que vislumbro esa gloria –la gloria de ser fiel a mi deseo, no la gloria de la fama o la popularidad- y que aún creo estar a tiempo por luchar hasta la muerte para conseguirla. Igual empiezo mañana.

10 de septiembre de 2010

David Cantero


Leo en El País, una entrevista a David Cantero en las páginas dedicadas a la televisión -cuando compro el periódico es una de las primeras que miro porque supongo que el ex realizador de televisión tira al estudio-, que recomiendo por lo corta y por la honestidad que transmite. A David lo conozco de lejos, de cuando participó como actor en un par de cortos del colectivo Cinexín en la Sevilla de finales de los 90 y sé que tiene un fondo intelectual más allá de su buen porte. En esa época estaba en Telesur, el centro de producción de TVE en Andalucía. Lo que me interesa de todos modos no es hacer recuento biográfico de mi relación -inexistente- con él, sino destacar -sin tampoco pretender elevarla a los altares de la filosofía occidental- una frase que sirve de titular a la entrevista:
    "Es muy entusiasmante poder decir a mi edad, 49 años, que soy el nuevo en algo".
Reinventarse, ser nuevo, con la edad que sea. Saber que hay cosas que aprender, algo que puede empezar. Esto sirve para los de 49, pero también para los de 23 que se me acercan diciendo que son ya mayores para esto o aquello. Me hacen gracia porque yo, que generacionalmente estoy bastante cerca de Cantero, estoy con él en lo de la reinvención, en el entusiasmo que produce poder iniciar un proyecto nuevo, atreverse a cambiar, y me asombra que ya con veintipocos años se piense que uno es viejo. Recuerdo cada una de las veces que he cambiado -de trabajo, de ciudad, casi de amigos- y siempre me acompaña la misma sensación: un poco de miedo, y mucho entusiasmo, el entusiasmo de sentirse vivo ante un nuevo reto. Trato de mantener esa vitalidad cada curso, en el caso de las clases. Entro con fuerza, con ganas, con humor. Demasiadas veces me encuentro con una respuesta fría a pesar de que siempre surgen algunos pares de ojos brillantes de quienes sé que serán los que muevan el mundo a poco que les dejen y no abandonen. El resto es abulia, adocenamiento -me gusta esta palabra de curas que se seguirá entendiendo perfectamente mientras los huevos se resistan a ser vendidos según las normas del sistema métrico decimal-. Supongo que la pasión no cotiza al alza en estos tiempos, aunque dentro de las aulas me da la impresión de que ni siquiera está bien vista. Tampoco me entienden del todo cuando digo que quiero llevar erotismo a la clase. No han leído a Bataille y no se enteran de que esa palabra no sólo tiene que ver con las películas de porno soft. Este curso, de todos modos, he decidido mirar más a los ojos que brillan y dejar de fijarme en los ojos que, como los de las pescadillas que no están frescas, se ven ya turbios. En estos últimos ojos se empieza a adivinar una sombra apagada de trabajador asalariado hastiado, con trabajo en turno fijo, dos horas de tele por la noche y pocas ganas de hacer o vivir nada más. Los ojos brillantes, en cambio, me devuelven el reflejo de una persona viva que sigue siendo un entusiasta, el superviviente que cada día se reinventa para que, al estilo Stanislavski, cada vez sea la primera vez.

7 de septiembre de 2010

El rock, la revolución y el relativismo

En mi Ipod suena una canción del disco Abril en Managua, donde se recoge el concierto por el primer aniversario de la revolución que llevó al poder a los sandinistas. Es una canción de Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina (a los que conocimos durante el franquismo por canciones tan aparentemente inocentes como Son tus perjúmenes mujer o Clodomiro el Ñajo). La canción habla de pueblos, de obreros que luchan y de protesta y alegría de la gente que estaba harta de soportar la opresión y que apoya la revolución. Termina la canción y como tengo el Ipod en modo aleatorio salta aleatoriamente al She came in through the bathroom window de los Beatles. Interpreto el hecho de un modo semiótico (para evitar decir providencial o algo más religioso o esotérico). El Ipod, instrumento contemporáneo de ubicuidad musical, hace sonar primero la revolución de los sandinistas -antes de que se volvieran católicos y antiabortistas y el propio Carlos Mejía renegara de ellos- pero luego sumerge la ideología en un baño de diversión rockera, claro (aunque esta canción en concreto no sea de las más rockeras del mundo). El rock no era una revolución social. No era una revolución (claro que también se podrían hacer interesantes analogías entre los revolucionarios reconvertidos en dictadores y los rockeros ancianos reconvertidos en patéticos espejos de lo que una vez fueron). El rock era sólo un modo de gritar, con sus letras que a veces no decían nada en concreto, al estilo de lo que ahora hace Bigott. Por eso sigue vivo: seguimos gritando, aunque no sepamos por qué. La canción de autor sosegada o revolucionaria huele a rancio: tenía un mensaje contingente y la contingencia ha pasado de largo para dejar un pasaje desolador en el que mis alumnos se apuntan a los castings de Gran Hermano y les molesta que yo critique a Belén Esteban como animal catódico (aunque en esta expresión no me queda claro cuál es el adjetivo). La canción revolucionaria me trae un recuerdo del tipo que una vez fui y me hace plantearme la habitual pregunta cuarentona de ¿en qúe me he convertido? Sigo siendo un tipo relativamente inadaptado y añoro una revolución que nunca llegó, que nunca podría haber llegado y que, de haberlo hecho, probablemente me estaría dando motivos ahora mismo para ser un disidente. Ahora todo es relativo. De hecho, en este post no sé si estoy defendiendo la revolución o el rock o poniendo a parir a las dos cosas. Supongo que da un poco igual. Da lo mismo que uno sea rockero, revolucionario, liberal, anarquista o vendedor ambulante. Todos estamos en internet y tenemos un blog como éste. Viva Ortega. Viva Elvis.

8 de febrero de 2010

¡Pírate, frustrado!

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Me encontré este cartel hace unos meses en el metro. Hasta ahora estaba acostumbrado a encontrarme anuncios en los que se presumía de la mejor calidad de un producto o de la mayor riqueza de alguien (generalmente un personaje con el que debía identificarme si la publicidad estaba bien dirigida). Este anuncio es muy diferente porque ha dejado de hablar del terreno habitual de la publicidad (el presente) para empezar a vendernos algo nuevo (la posibilidad de un futuro). Ojo con el matiz. No se trata de que se nos prometa algo que se cumplirá si tenemos tal o cual producto (el futuro). Eso también lo hacen algunos anuncios. Ahora se trata de vendernos el terreno de lo posible (la posibilidad del futuro). Da igual lo que tengas o lo que vayas a tener con seguridad. Yo tengo más posibilidades que tú y eso no puede comprarse. Ese terreno de la expectativa es el terreno de la juventud, el terreno de los que todavía no son nada y que tal vez pueden ser algo en el futuro porque, a priori, sus expectativas son mejores. Como yo soy de los que desconfían del profundo significado de los eslóganes publicitarios relaciono esa imagen arrogante del éxito posible con el desprecio que se muestras contra quienes no tienen tantas expectativas de forma concreta y real, contra los que por edad, por circunstancias o por lo que sea, da la impresión de que no saldrán del hoyo sin antes pasar por muchas dificultades y me asusta la falta de solidaridad, de “ahí te las den todas” que rezuma este anuncio.

También me da por pensar en los mercados de valores. Sin duda este anuncio es hijo de la especulación porque lo que se vende en bolsa en estos días de crisis (y desde mucho antes) no son los valores reales, lo que puede ofrecer de verdad determinada empresa, sino sus expectativas (eso que se llama mercados o contratos de futuros). En ese terreno de la expectación, de la posibilidad, se mueven estos mercados donde se crio la crisis de la que tanto se habla. Incluso pienso que si la crisis no se va es porque desde todos lados nos dicen que nuestras expectativas son peores que las de los demás. Y nosotros nos lo creemos. Divertido, muy divertido que aquellos que no adivinaron la llegada de la crisis ahora adivinen la no llegada de la recuperación. Tampoco soy de los que dicen que la crisis se esté terminando pero esos oráculos de la economía tienen para mí la misma credibilidad que hace tres años, la misma que le doy ahora mismo a la Bruja Lola cuando hace sus predicciones.

5 de febrero de 2010

La extraña fascinación por la ortopedia

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No puedo evitarlo: cada vez que paso por delante de una ortopedia me quedo fascinado delante de su escaparate, mirando los extraños objetos antropomorfos. Imagino que cada uno de ellos es, en realidad, un fragmento amputado a un cuerpo real que se ha convertido en metal o madera y que ahora se ofrece para aliviar sufrimientos o para que otros amputados recuperen al menos la forma que deberían tener sus miembros ausentes dentro de la chaqueta o el zapato. Esta es una ortopedia podológica. Que se dedican al pie, vamos, y el pensamiento vuela alrededor de la idea de que cada uno de esos pies de factura diversa es, en realidad, un recuerdo de la tortura a la que se ven sometidos quienes necesitan utilizar este tipo de aparatos. Pienso en cuántas personas estarán doliéndose ahora de sus pobres pies y mientras me voy alejando del escaparate descubro un pequeño dolor en la planta de mi pie derecho. Empiezo a cojear un poco, mientras un escalofrío me recorre al recordar ese pie abierto en dos por efecto del tornillo que lo atraviesa, el último que miré antes de empezar a caminar…

19 de diciembre de 2009

Pedir perdón

Cuando pedimos perdón sinceramente no lo hacemos en realidad por algo que hemos hecho nosotros, sino que lo hacemos en nombre de ese yo que fuimos antes y por el que sentimos vergüenza ajena o, como mucho, algo de compasión. Conocemos bien al causante de la desgracia o al responsable del error porque convivimos con él mucho tiempo hasta que fuimos otros en el mismo instante en que tomamos conciencia de que habíamos metido la pata. Por esa persona cercana, pero lejana en el momento de la crisis –de identidad se podría decir en este caso-, pedimos perdón para poder seguir adelante sabiendo que nosotros, en realidad, nunca seríamos capaces de hacer ese tipo de barrabasadas. Pido, pues, perdón por Juanjo en este caso, porque hace mucho que no escribe en este blog, dando así mal ejemplo a todos a los que él critica habitualmente por no crear, por no esforzarse en tener una opinión, una visión del mundo y compartirla. Yo le entiendo un poco, pero no puedo aprobar su comportamiento porque yo nunca dejaría un blog tan abandonado como él ha hecho durante todo este tiempo…

8 de octubre de 2008

Filosofía del parque temático

Hablo con Sonia sobre Salamanca y sobre Madrid. Le cuento que noto algo diferentes a los alumnos de Madrid con respecto a los de Salamanca y ella me dice que es normal. En Salamanca viven EN la universidad y para la universidad cada minuto, en cambio en Madrid la universidad es sólo algo más en sus vidas. Tomo conciencia entonces de cómo yo mismo he olvidado mi metáfora del parque temático que un poco más adelante se explica. Me doy cuenta, además, de que los dos profesores que fuimos seleccionados como padrinos de la última promoción nos hemos ido de Salamanca y nos hemos venido a Madrid a trabajar. Javier Frutos está ahora en la Carlos III y yo en la URJC. ¿Qué andamos buscando? Yo, precisamente, quería que mi vida fuera más real, más orgánica y menos dibujo animado. Pero eso tiene su contrapartida: es más difícil crear la magia que en el parque temático está siempre a punto de brotar. La ilusión lucha por abrirse paso en medio de un entorno en el que los mensajes cruzados de la realidad devastadora (construida según unos intereses, como todas las realidades) pueden dar al traste con mi capacidad para levantar palacios en medio de las ruinas. Está bien saberlo para encarar bien la tarea de gritar cada día que ahí fuera no todo es oscuro, que es posible tener esperanza, que es posible cambiar el mundo cada minuto.
Rebuscando, he encontrado el discurso de graduación que dirigí a mis alumnos en Salamanca. Lo transcribo a continuación porque tiene mucho que ver con todo esto y porque igual alguno pasa por aqui y lo recuerda. Ya me gustaría que no se quedara tan sólo en bonitas palabras de un querido (supongo :-)) profesor que emocionan unos minutos y luego se pierden en mitad de la jungla de la vida.
Además, a un amigo mío de Cádiz le ha dado un infarto y está en coma. Lo que quiero decir es que hoy es un día raro en el que necesito saber que todo va a ir bien. Mis energías están con él.
Carpe diem, de nuevo.

El discurso:

Queridos alumnos:

En primer lugar tengo que decir que estoy agradecido por haber sido seleccionado junto a Javier para ser padrino de la promoción. Supongo que, como ha hecho Javier, me toca deciros unas doctas palabras. En mi caso, como dijo el torero, se hará lo que se pueda. Además, eso de ser padrino es algo así como ser padre y yo no tengo experiencia en el asunto. En lo que se refiere a hacer discursos, tengo algo más de experiencia, pero ya me conocéis y tampoco soy partidario de dar lecciones a nadie. Cada uno aprende por sí mismo a partir de lo que se encuentra en la vida, y los profesores, como ya Javier os ha contado, sólo somos mediadores, alumnos de un curso superior de la vida que no somos mejores ni más inteligentes que los estáis en los cursos inferiores. Podéis estar tranquilos, por otra parte, ya que voy a evitar la tentación de animar el discurso a base de hablar de mi vida sexual {que, por otra parte, conocéis bien gracias a mis clases. Quiero decir, que cuento en ellas detalles de mi vida para dar interés, no que en ellas se practique nada. Bueno, en fin, salgamos de este jardín...}

Cuando os marchéis de Salamanca diréis probablemente “¡qué buenos momentos pasé en la universidad!” Esto hay que matizarlo porque es mentira. Los buenos momentos los pasasteis en el Potemkin, en el Paniagua o en el Gatsbi, dependiendo de vuestros gustos, aunque todos al final termináramos, perdón, terminarais en un garito como el Pecados. Por supuesto, a los padres asistentes le tengo que tranquilizar: sus hijos nunca visitaron estos lugares, fueron sólo los hijos de los demás los que estuvieron allí.

La universidad os ha dado un título o dos, en la mayoría de vuestros casos. Esos títulos no certifican mucho. Simplemente que habéis superado una serie de pruebas que nosotros os hemos puesto para que demostréis ciertas capacidades que previamente han sido entrenadas. Ahora os toca salir al mundo para poner esas capacidades en marcha. Me gustaría que al hacerlo no olvidarais el espíritu que ahora os mueve, y no me refiero a que sigáis el mismo ritmo de fiestas, ya que vuestro hígado no lo resistiría probablemente sino que mantengáis la generosidad que todo universitario tiene, por más que en esta época la generosidad esté cada vez peor vista y se trate de inculcar que lo único que sirve es aquello que da dinero.

A menudo digo también que esta universidad es un parque temático tipo Disneylandia o Warner, en el que los profesores hacen el papel del pájaro Piolín o del Pato Lucas (y vuestra imaginación puede asignar el resto de los personajes a quienes os hemos dado clase) y vosotros el de usuarios del parque. Habéis estado en su interior durante dos o más cursos y ahora os toca salir. Algunos volverán a su casa satisfechos de haberse subido en las atracciones -un poco desvencijadas en algún caso, es cierto- y añorarán para siempre estos años. Otros habrán preferido pasear por los bares del parque y habrán hecho lo mínimo para titularse en ingeniero superior de norias y tiovivos. En cualquier caso se acaba la vida en este mundo ilusorio llamado Salamanca que, os voy a confesar el secreto, NO EXISTE. Todo ha sido montado por un mago que pretende que creáis que estos son los mejores años de vuestra vida, pero no es cierto. Los mejores años de vuestra vida están por llegar. Me gustaría que el brillo de estos años no os impidiera daros cuenta de que podéis construirla como os plazca, sin los condicionantes que los tristes y los agoreros os lanzan: “la vida está muy mala”, “hay mucho paro”, “tenéis que ser competitivos”. Intentad no hacerles caso. Ya sois competentes. No os hace falta ser competitivos o no al menos hasta el punto de olvidaros de ser solidarios. Hay que buscarse la vida, por supuesto -no soy un iluso-, pero no vendiendo todo vuestro tiempo y vuestra alma por una nómina que siempre estará por debajo de lo que os merecéis como personas. Si os vendéis por un plato de lentejas, al menos, como dice Javier Krahe en su canción Esaú, que las lentejas sean con chorizo. Y que el chorizo sea no una cifra de tres o cuatro ceros, sino tiempo. Tiempo para disfrutar con otros, tiempo -aquellos que la quieran- para dedicárselo a una familia, tiempo para imaginar, tiempo para convertiros en productores y directores de vuestra propia vida. Tened cuidado porque os van a decir que vuestra vida sólo valdrá en la medida en que se convierta en una cara superproducción de Hollywood muy espectacular, pero os recuerdo que siempre podréis hacer una película de esas pequeñas que se hacen con cariño y poco dinero, pero que tienen un excelente guión y que no necesitan superhéroes ni estrellas, ni llegar a ser las primeras de la taquilla para que todos sepan que son buenas, muy buenas, si no las mejores películas.

Por lo demás podéis escoger el género. A algunos les tira la tragedia o el drama pero son géneros muy sufridos y generan dependencias a veces terribles. Yo, que ya he pasado por los dos en mi vida os recomiendo que no perdáis el tiempo, y que os lancéis a hacer comedia que, desde el punto de vista de la dramaturgia no es aquella obra en la que uno se ríe a carcajadas, sino aquella obra en la que los errores tienen solución. Os diré otro secreto que guardan los que tratarán de convertiros en sus esclavos: los errores no existen. Son sólo datos. Datos para reconducir vuestra vida por donde queráis. No dejéis nunca que un error os paralice, o lo que es peor, que alguien lo utilice para que no podáis cambiar, para que la comedia no tenga un final feliz.

Este es mi deseo. Parafraseando a Mafalda, ojalá que el mundo no os cambie demasiado antes de que vosotros podáis cambiar el mundo.

Que podéis.


17 de marzo de 2008

Pedro Guerra, Jim Jarmusch, Internet y yo


1. No creo ser un mitómano de esos que se lanzarían sobre su ídolo para comérselo a besos o, lo que podría ser peor, matarlo para ser famoso por un día. Digamos que gestiono mis fansticidades de la mejor manera posible, reducióndolas a dos o tres personas a las que considero maestros en alguna de las artes que intento dominar. Uno de ellos, en el terreno de la canción, es Pedro Guerra. El otro día daba un pequeño concierto de presentación de su último disco, Vidas, en la FNAC de Callao en Madrid, así que me acerqué a verle. Como ya digo que no me gusta lo de la mitomanía, yo voy en plan "le escucho, le miro de lejos y luego me marcho como un señor". Esto tiene el problema de que no planifico la compra del disco con antelación para que me lo firme al final del recital. Así que henos aquí a Sonia (mi compañera) y a un servidor tras el concierto, corriendo por las escaleras del centro comercial para cazar un ejemplar del disco antes de que "Pedrooooo..." (en plan Penélope en noche de entrega de Óscares) se marche y me deje compuesto y sin firma. Por suerte, como soy un listillo sé que si me coloco en las cajas del final la cola será más corta a la hora de pagar, así que consigo llegar de los últimos a que Pedro, todo paciencia y tranquilidad, con gesto de quien ya sabe lo que son estas cosas, me firme el disco y luego ponga cara de póker amable cuando posa para la foto. La he recortado porque en plano general a los dos se nos nota cierta curva de la felicidad, a pesar de que somos, básicamente, delgados y no quiero hundirle la carrera a este hombre que ha tardado tantos años en labrarse su imagen.


2. Cuando voy a Madrid es habitual que coma con Sonia en un Frescco, que es una cadena de restaurantes con un buffet relativamente barato para lo que son los precios de la capital, en donde uno puede ponerse de lechuga hasta las orejas. De este modo aunque también se puede comer pizza y pasta hasta las mismas orejas, uno se siente como más dietético. Cosas de no alimentar en demasía la curva de la felicidad de la que antes hablaba. Bueno, pues estaba yo hoy mismo almorzando con Sonia en el susodicho de la calle Silva cuando ella me dice que mire al fondo porque le parece que ese que asoma por ahí es Luis Tosar. Yo miro y confirmo. Es Luis, sí, con un aire despistado de quien va a ese restaurante por primera vez y no conoce el ritual de "primero el plato de ensalada, luego la bebida, luego el pago, luego a la mesa y luego los platos calientes, los postres y el café". Ya estoy acostumbrado a ver caras conocidas por Madrid (no comentaré aquí mis fugaces encuentros en las colas de los cines, principalmente, con Juan José Millas, Javier Bardem, Fernando León de Aranoa o Boris Izaguirre, por poner unos cuantos), así que tras echarle un vistacillo vuelvo a la comida. Sin embargo, cuando me encuentro masticando un trozo de pizza en el apartado menos dietético de mi comida, vislumbro un rostro familiar en la cola de los platos calientes. Lo he visto en una película americana... Tal vez en... ¿Cuál era...? Y de pronto se hace la luz en forma de estanco de Manhattan en el que un personaje de Smoke (¿o era de Blue in the Face?) relata a cámara no sé qué cosa. Este tipo es ¡Jim Jarmusch! Se lo digo a Sonia que me mira con aire despistado. Hay nombres que a ella no le suenan. Ha visto varias películas suyas, pero no lo identifica, hasta que le digo que es el tío que ha dirigido una de las últimas películas que hemos visto en el sofá de su casa, la de Flores rotas. Luis Tosar y Jim Jarmush juntos en un restaurante buffet casi vegetariano, rodeados de otros individuos con pinta de estar trabajando en una peli... Decido entonces, en un acto de valentía, coger mi teléfono móvil de última generación para ver si me puedo conectar a internet desde la silla y ver qué se traen estos entre manos. Tras meter "Jarmusch" y "Tosar" en el Google se desvela el misterio que no es otro que la última película del norteamericano en la que también trabajan Óscar Jaenada y Bill Murray, al que durante unos minutos espero ver en la cola, pero nasti de plasti. Supongo que no está, por lo menos hoy. Flipo un momentito con las nuevas tecnologías que me permiten saber de todo sin preguntarle al de la barra si sabe algo de porqué comen allí gentes tan famosillas y tal. En fin, como mi afán mitómano no es, como dije, lo suficientemente exagerado, no me atrevo a pedirle al director de Dawn by law que me deje hacerme una foto con él, pero en una oportunidad que tengo, le robo una foto muy mala, mientras se aleja de la fila de platos calientes con un poco de pizza. La prueba de que no miento ahí va, y de verdad que ese tío que se ve borroso es el mismísimo Jarmusch. Tal vez me arrepienta algún día de haberle tenido tan cerca y no haberle dicho que se hiciera una foto conmigo. Con lo que eso mola...

11 de noviembre de 2007

Muere mi amigo Eloy

Ayer recibo un sms de una amiga. La frase es escueta: "Eloy ha muerto". Fue el 4 de noviembre, pero como estoy en Salamanca y me queda poca gente en Cádiz la noticia no me llega hasta ayer. Eloy es Eloy Gómez Rube, el Eloy de Cádiz, una persona inclasificable, un autor teatral, un poeta, un escritor de relatos canallas; alternativo hasta un punto que pocos de los presuntos alternativos actuales podrían entender. Pocas veces una facultad, la de Filosofía y Letras de Cádiz, tuvo el honor de que trabajara allí como auxiliar de servicio -portero, para lo que no sepan de convenios colectivos-, alguien que debería tener un lugar en la historia de la cultura de Cádiz, alguien que combinaba en su personalidad los espacios del barrio del Pópulo con la cultura cosmopolita berlinesa y europea y que siempre se paraba, aunque más cabría decir que caminaba, con quien quisiera hablar un rato con él, tras encontrárselo por cualquiera de las calles del casco antiguo si es que no estaba de viaje.
La última vez que me lo encontré fue en septiembre. Me dijo que estaba enfermo, pero a la vez me gustó la forma en que se tomaba el asunto del cáncer: "esto es como una cosa más de las muchas que me he encontrado en mi vida". Eloy, que había pasado por todo -que es lo que se dice por antonomasia de los que han pasado por mucho-, y que había entrado y salido de muchas zonas oscuras y luminosas de lo que algunos llaman vivir la vida o experimentar, miraba al proceso de su enfermedad como algo que le aportaría un nuevo conocimiento, un nuevo punto de vista para seguir dialogando con el mundo.
En mi memoria guardo varias imágenes de él: la primera vez que lo recuerdo, en mitad de los ochenta, entrando travestido en una discoteca de Cádiz con un grupo de amigos, aportando un toque cachondo y subversivo a la monotonía de una ciudad provinciana; aquella ocasión en que nos cedió una obra suya para que la representáramos en la semana cultural de la Facultad de Filosofía y Letras -lo que me permitió ser el primer actor que puso en escena, junto a Desirée Ortega, el tercer acto de La trilogía: sperpento gaditano de las vidas standars, presentada en forma de libro apenas dos días antes de su muerte-; cuando organizó una semana cultural alternativa a otra que se ofrecía desde los poderes políticos gaditanos, reuniéndonos en el bar de Antonio Reguera en Bahía Blanca; leyendo algunos cuentos, de madrugada, cuando unos cuantos terminamos en su casa después de asistir a una entrega de premios a la creación joven de la Diputación... Son recuerdos ligados a los años ochenta, cuando parecía que era posible que Cádiz fuera otra cosa. Y al final lo fue, está claro, aunque el cuento no terminara del todo como queríamos muchos. Después de eso yo me fui de Cádiz y los recuerdos de Eloy son de los momentos en que me lo encontraba paseando -Eloy era un caminante, una especie de flaneur al estilo Baudelaire, pero mucho más castizo- durante alguna visita y hablábamos de cómo estaba Cádiz, de su próximo viaje a Alemania o de cómo se había decidido -por fin-, a ir al odontólogo, mientras filosofábamos un rato. Era ese Eloy de los años finales de siglo que, sin dejarse reducir por la laxitud circundante, seguía buscando, aunque un poco más desde dentro.
Me acordaré de él siempre como ejemplo de curiosidad vital, de capacidad para el diálogo, como modelo de persona que sin boatos ni ceremonias hacía cambiar el mundo cada minuto. Brindo por Eloy y me apunto, desde este momento, a la lista de quienes piensan que debería rendirsele un homenaje en Cádiz. Las ciudades pequeñas como ella, necesitarán siempre a personas grandes como él.

26 de septiembre de 2007

Curro digno



Este es el último de los comentarios que se me quedaron guardados desde antes del verano. El caso es que desde hace meses aparecen pintadas firmadas por la UJCE en Salamanca con textos como "Trabajo digno", "Vivienda digna" y cosas por el estilo. No estoy en contra de las propuestas, pero sí me extraña que las haga un grupo comunista. Las organizaciones de izquierda se olvidan de exigir que los medios de producción estén en manos de los trabajadores para empezar a solicitar que haya condiciones dignas de empleo, vivienda, salud... que igual podría firmar el Partido Popular sin ruborizarse. Es el signo de los tiempos, que deja de lado las revoluciones para tratar de que el sistema sea más justo, tratando de pulir sus defectos. No me quejo, pero espero que dentro de diez años las organizaciones radicales de izquierda no empiecen a pedir "IPODS para todos". No podría soportar ese nivel de pijerío, la verdad.

25 de septiembre de 2007

Capricho andaluz

En mayo voy a Barcelona a un congreso. De vuelta, como no tengo tiempo para almorzar en otro sitio, tengo que irme al Pans & Company del aeropuerto (cada vez que veo una tienda de esta cadena de bocadillos no dejo de acordarme de un amigo al que le gustaba pronunciar el nombre en catalán -"pans y cumpani"- porque, según él, la empresa era catalana). Me pido la ensalada y me encanta que, para aliñarla, me den aceite y vinagre procedente de Muñoz Vera, una empresa aceitera de Cabra, en Córdoba. De allí era la familia de mi madre. Mi abuelo fue, precisamente, encargado de un molino de aceite en ese pueblo. Quizás el aceite que me tomo en el aeropuerto esté prensado en las mismas instalaciones que mi abuelo vigilaba. Paladeo el zumo de olivas extra con efecto más balsámico que nunca mientras la ciudad se me hace más amable, más familiar, más cercana de lo que yo podría haber imaginado, gracias al almuerzo con un Capricho Andaluz de parte de mi abuelo.

Malditos cachondos


Supongo que el autor ya se habrá encargado de darle la correspondiente publicidad, pero no puedo dejar de anotar la intervención artística que alguien hizo con ocasión del derribo del Gran Hotel de Salamanca (¿fue en abril? ¿en mayo?) para sustituirlo por viviendas de lujo (que a la hora de escribir estas líneas se encuentran afectadas por la "Operación Malaya", dado que el dueño del edificio es el principal implicado). El caso es que una noche, cuando el edificio estaba a medio derruir, un artista conceptual desconocido colocó este cartel delante de la obra, sin más, y se marchó a su casa. La cosa no duró mucho, pero los pocos que pasamos por allí antes de que los encargados de la obra quitaran el cartelito por la mañana, nos echamos unas risas por el contraste entre la intervención artística frente al derribo de un edificio emblemático por mano de los intereses especuladores.

7 de abril de 2007

Semana Santa

Ya que estamos en Semana Santa. dejo aquí constancia de cómo la ultramodernidad afecta a todos los campos y actividades. Los penitentes eran, hasta hace un tiempo, personas que expiaban sus pecados o que, habiendo pedido un favor a Dios, entregaban su sufrimiento a cambio de la gracia recibida. Ahora, ayudados de la tienda de sombreros de la foto pueden quedar muy bien delante de todos los amigos como cristiano viejo y auténtico sin tener que pasar por el suplicio del gorro de cartón que estaba ahí para que el penitente sufriera. Claro que lo mismo Dios, que lo ve todo, también puede mirar debajo de los capuchones y comprobar que ese, en apariencia, compungido feligrés está haciendo, en realidad, un pase de modas del alma pret-a-porter de la temporada correspondiente...

12 de octubre de 2006

Gordita y la nostalgia

Mi gata gordita murió en septiembre. No lo reseñé aquí, liado como estaba con mi examen como profesor. He ido a buscar una foto suya para ponerla en el blog, pero resulta que no tenía ninguna digitalizada. Todas las imágenes en las que aparece están sobre papel. Algunas de ellas son incluso divertidas, como esas dos en las que aparece cerca de los ordenadores. Intentaré escanearlas para dejarlas por aquí. Como sustituto pongo una viñeta de Pumby, un tebeo que yo leía en mi infancia y que, cada vez que lo veo, no dejo de sentir una profunda nostalgia. Hay mucho detrás de esos Pumby que yo cambiaba en una pequeña tienda de mi barrio por otros tebeos más nuevos (antes éramos ecologistas sin saberlo: todavía se llevaba la botella vacía cuando comprábamos una llena, había aceite a granel que se llevaban los compradores en sus propios recipientes y uno podía llevarse un tebeo nuevo por un precio más pequeño si traía otro a cambio). Pumby tiene que decir mucho sobre mí, sobre mi educación como lector gracias a que mi padre me dejaba sus tebeos del Guerrero del Antifaz o de Roberto Alcázar y Pedrín o incluso la revista Trinca; y en Navidad se encargó de que los Reyes Magos me trajeran varias veces unos gruesos tomos encuadernados artesanalmente con los tebeos de Supermán publicados en México por la editorial Novaro. Ese gato dibujado también dice mucho de la pena que me causa que mi madre nunca entendiera que un cómic (como los llaman ahora) es algo valioso, que hay objetos que merece la pena guardar, como esos Pumbys, y que terminara por tirar a la basura todos los tebeos (algunos se salvaron, cuando ya tuve edad para tomar algunas decisiones) y todas mis colecciones de cosas extravagantes, para ella, como la de cajas de cerillas que traían imágenes en el anverso con un pequeño texto explicativo en el reverso y que se convertían en cromos por el procedimiento de quitarles las bandas y pegar las dos caras resultantes con un engrudo que yo mismo hacía con agua y harina. Pumby -y también mi gata muerta-, hace que me acuerde de mi padre, que lo eche de menos ahora que estoy lejos de Cádiz y no puedo verlo. Aunque en realidad a pesar de lo que digo nunca lo tuve cerca: durante mi infancia porque trabajaba mañana y tarde; durante mi adolescencia porque yo mismo lo evitaba ante la imagen que mi madre se encargaba de construir a cada momento de padre despreocupado y poco responsable para con sus hijos; y ahora porque vivo a setecientos kilómetros de mi ciudad natal. No es que cuando voy de visita a verlo me comunique bien con él. No me hacen gracias sus chistes repetidos y su incapacidad para comunicarse fuera de ciertos tópicos, pero sé que mucho de lo que hoy soy (mi aptitudes artísticas para la música, la escritura o la actuación, mi mirada un tanto ingenua sobre todas las cosas, mi amor por el flamenco...) se lo debo a él y sé también que cuando se marche definitivamente me sentiré inmensamente triste por no haberlo tenido cerca en ningún momento.


8 de junio de 2006

Lengua de signos

Voy a la Biblioteca Pública de Salamanca, en la Casa de las Conchas. Allí estamos haciendo una serie de actividades en torno a la creación literaria llamadas Un río de palabras. Esta tarde me estoy encargando de hacerle fotos a las creaciones literarias que el público coloca en una serie de paneles. Al lado de uno de ellos dos chicas están estudiando la lengua de signos que utilizan los sordos para comunicarse. Forman una estampa curiosa. Frente a las palabras escritas, esculpidas, permanentes (bueno, todo lo permanentes que nos permitan los paneles) aparecen otros signos que se escapan en un soplo. Los sordomundos, con su lengua de signos no dejan de hacer en cada momento poesía visual. O ballet de ideas. Y me gusta pensar que, frente a los que pretenden imponer el modo de ver las cosas de la mayoría, esos que dicen que si no forzamos a los sordos a hablar como los que no lo son se quedarán aislados; aquellos que usan la lengua de signos nos enseñan que la diversidad es siempre positiva y que cuantas más lenguas o sistemas de signos haya, más mundos diferentes podremos construir y entender. Frente a ellos siempre estarán los ignorantes que preferirán que sean los otros los que aprendan su lengua para aplastar, de este modo, cualquier diversidad que enriquezca. Frente a las imposiciones imperialistas de cualquier orden -español frente a catalán, gallego o euskera; inglés frente a español y catalán juntos; lengua oficial frente a lengua de signos; Burguer King o Mc'Donalds frente a tapa de pescado en adobo- reivindico la minoría. Ho entens? Yo por lo menos sí. Sólo es cuestión de usar la inteligencia para aprender otras visiones, otras realidades, otros signos, otras lenguas...

Precisiones terminológicas para filólogos y otra gente de mal vivir (universitarios en general) que pueden dejar de leer los que se hayan quedado a gusto con lo anterior y que lo mismo trae algo de cola, pero qué se le va a hacer: creo que "lengua de signos" es un nombre poco afortunado. Es bastante probable que sera fruto del complejo de inferioridad que alguno de los inventores y promotores del uso de estos signos tienen frente a la lengua dominante. Lo digo porque la verdad es que estoy de acuerdo con aquellos que dudan de que los morfemas y sintagmas de la lengua de signos tengan la correspondencia conceptual y la precisión de de una lengua hablada y escrita. Claro que, por otra parte, ¿a quién le importa? ¿Sirve para comunicarse? Pues eso es lo que vale. El nombre da lo mismo. No es necesario hacerle el juego respondón a quienes dicen que lo que practican los sordos no es una lengua. Ya digo que yo creo que no lo es, pero ni falta que hace. Lo importante es que ese sistema de signos vaya creciendo para que algún día sea posible que alguien escriba una obra literaria en lengua de signos (entonces sí) que tenga una estructura y un interés intrínsecos, sin que sea subsidiaria de su traducción a otra lengua. Y ojalá que sea pronto.

28 de mayo de 2006

Pan para pájaros

Vivo cerca de los pájaros. Por eso sé que las golondrinas dan vueltas y vueltas toda la mañana, lo más seguro es que alimentándose de las móscas que ahora son tan abundantes. De cuando en cuando alguna cigüeña cruza también el cielo. Los gorriones y esos pájaros negros de los que no conozco el nombre (tal vez debería preguntar a alguien de aquí) aparecen en cualquier momento. De hecho, he puesto un poco de pan en el alféizar para que coman. Los gorriones vienen y suelen quedarse unos instantes, hasta que se dan cuenta de que yo estoy ahí, detrás de la ventana, observándolos. Entonces toman con el pico un trozo pequeño de pan y salen volando. Los pájaros negros (definitivamente tengo que preguntarle a alguien el nombre) son mucho más desconfiados. A veces se posan sobre las tejas y se van acercando poco a poco a la ventana pero si notan el más leve movimiento se marchan. Alguno, sin embargo, ha sido capaz de llegar volando hasta tomar un trozo de pan más o menos grande y, sin pararse, llevárselo rápidamente. Me pregunto si los pájaros tendrán memoria, si recordarán el lugar de donde se llevan el pan para volver al día siguiente. En cualquier caso estoy seguro de que si un día dejo de poner la correspondiente ración de migas en mi ventana, no aparecerán picoteando los cristales exigiendo que coloque, como cada mañana, los restos de pan del día anterior para que ellos, pájaros de costumbres, no vean destrozada su rutina; ni se sentirán tristes y desgraciados porque no encuentran el pan que un día tras otro les dio la providencia. Lo más probable es que vuelen a buscar otros alféizares donde alguien, seguro, ha puesto un poco de pan para los pájaros.

Desde mi ventana (nada becqueriana)


Esto se puede ver desde mi ventana. Agradable ¿no? Seré sincero; en realidad para poder ver esto hay que asomarse en determinada posición. De frente sólo veo una grúa y tres chimeneas bastante feas. Pero me tranquiliza saber que, para ver algo bello, sólo tengo que forzar un poco la postura del cuerpo. En otros momentos, cuando no tengo mi ventana por delante, a lo mejor mientras espero para enviar un paquete en la oficina de correos o a que terminen de prepararme un kebab en el restaurante turco, sólo tengo que forzar un poco la postura de la mente (no me atrevo a decir del alma) para encontrar belleza. Y eso también me tranquiliza.