7 de septiembre de 2010

El rock, la revolución y el relativismo

En mi Ipod suena una canción del disco Abril en Managua, donde se recoge el concierto por el primer aniversario de la revolución que llevó al poder a los sandinistas. Es una canción de Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina (a los que conocimos durante el franquismo por canciones tan aparentemente inocentes como Son tus perjúmenes mujer o Clodomiro el Ñajo). La canción habla de pueblos, de obreros que luchan y de protesta y alegría de la gente que estaba harta de soportar la opresión y que apoya la revolución. Termina la canción y como tengo el Ipod en modo aleatorio salta aleatoriamente al She came in through the bathroom window de los Beatles. Interpreto el hecho de un modo semiótico (para evitar decir providencial o algo más religioso o esotérico). El Ipod, instrumento contemporáneo de ubicuidad musical, hace sonar primero la revolución de los sandinistas -antes de que se volvieran católicos y antiabortistas y el propio Carlos Mejía renegara de ellos- pero luego sumerge la ideología en un baño de diversión rockera, claro (aunque esta canción en concreto no sea de las más rockeras del mundo). El rock no era una revolución social. No era una revolución (claro que también se podrían hacer interesantes analogías entre los revolucionarios reconvertidos en dictadores y los rockeros ancianos reconvertidos en patéticos espejos de lo que una vez fueron). El rock era sólo un modo de gritar, con sus letras que a veces no decían nada en concreto, al estilo de lo que ahora hace Bigott. Por eso sigue vivo: seguimos gritando, aunque no sepamos por qué. La canción de autor sosegada o revolucionaria huele a rancio: tenía un mensaje contingente y la contingencia ha pasado de largo para dejar un pasaje desolador en el que mis alumnos se apuntan a los castings de Gran Hermano y les molesta que yo critique a Belén Esteban como animal catódico (aunque en esta expresión no me queda claro cuál es el adjetivo). La canción revolucionaria me trae un recuerdo del tipo que una vez fui y me hace plantearme la habitual pregunta cuarentona de ¿en qúe me he convertido? Sigo siendo un tipo relativamente inadaptado y añoro una revolución que nunca llegó, que nunca podría haber llegado y que, de haberlo hecho, probablemente me estaría dando motivos ahora mismo para ser un disidente. Ahora todo es relativo. De hecho, en este post no sé si estoy defendiendo la revolución o el rock o poniendo a parir a las dos cosas. Supongo que da un poco igual. Da lo mismo que uno sea rockero, revolucionario, liberal, anarquista o vendedor ambulante. Todos estamos en internet y tenemos un blog como éste. Viva Ortega. Viva Elvis.

2 de septiembre de 2010

Se va la Transversal

La noticia de su marcha me hizo pegar un respingo en la cama y no es que no durmiera la noche en que Paco Tomás la dio, pero me costó un poco más de lo habitual retomar el sueño (también es verdad que estaba de vacaciones en Jaca y en el hotel, aparte de extrañar la cama, las tuberías del agua caliente, que pasaban por el suelo, se dilataban y se contraían, haciendo ruido y caldeando el ambiente de la habitación, ya calentito de por sí, hasta convertirla en un trasunto de sauna sueca). Por algún extraño motivo desde que escuché el primer programa de La Transversal me parecía que mi pensamiento y el de los creadores del programa estaban conectados hasta el punto de que chistes e ideas absurdas que yo había imaginado pero no contado a nadie porque nadie las entendía, aparecían de repente en boca de Chisca o de Paco Tomás. Eso me ayudaba a pensar que yo no era tan raro y que algún dios bienintencionado me daba la oportunidad de expresarme sin tener que molestarme en escribir o hacer un programa de radio. Llegué incluso a pensar en ponerme en contacto con ellos para darle la réplica a Chomsky, al que yo ya había imaginado hacía tiempo pidiendo dos cañas en la cervecería de la esquina, o proponiendo a Chisca, cuya voz resonaba en mi interior mucho antes de que pudiera escucharla por antena, alguna leyenda urbana para que me diera su dictamen. Todo eso se acabó sin embargo y ahora me siento frustrado. El mundo me parece un poco más mediocre que ayer.

P.D.: Me entero por el blog de Paco Tomás de que sigue en la casa en dos programas. ¡Me alegro mucho!

8 de febrero de 2010

¡Pírate, frustrado!

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Me encontré este cartel hace unos meses en el metro. Hasta ahora estaba acostumbrado a encontrarme anuncios en los que se presumía de la mejor calidad de un producto o de la mayor riqueza de alguien (generalmente un personaje con el que debía identificarme si la publicidad estaba bien dirigida). Este anuncio es muy diferente porque ha dejado de hablar del terreno habitual de la publicidad (el presente) para empezar a vendernos algo nuevo (la posibilidad de un futuro). Ojo con el matiz. No se trata de que se nos prometa algo que se cumplirá si tenemos tal o cual producto (el futuro). Eso también lo hacen algunos anuncios. Ahora se trata de vendernos el terreno de lo posible (la posibilidad del futuro). Da igual lo que tengas o lo que vayas a tener con seguridad. Yo tengo más posibilidades que tú y eso no puede comprarse. Ese terreno de la expectativa es el terreno de la juventud, el terreno de los que todavía no son nada y que tal vez pueden ser algo en el futuro porque, a priori, sus expectativas son mejores. Como yo soy de los que desconfían del profundo significado de los eslóganes publicitarios relaciono esa imagen arrogante del éxito posible con el desprecio que se muestras contra quienes no tienen tantas expectativas de forma concreta y real, contra los que por edad, por circunstancias o por lo que sea, da la impresión de que no saldrán del hoyo sin antes pasar por muchas dificultades y me asusta la falta de solidaridad, de “ahí te las den todas” que rezuma este anuncio.

También me da por pensar en los mercados de valores. Sin duda este anuncio es hijo de la especulación porque lo que se vende en bolsa en estos días de crisis (y desde mucho antes) no son los valores reales, lo que puede ofrecer de verdad determinada empresa, sino sus expectativas (eso que se llama mercados o contratos de futuros). En ese terreno de la expectación, de la posibilidad, se mueven estos mercados donde se crio la crisis de la que tanto se habla. Incluso pienso que si la crisis no se va es porque desde todos lados nos dicen que nuestras expectativas son peores que las de los demás. Y nosotros nos lo creemos. Divertido, muy divertido que aquellos que no adivinaron la llegada de la crisis ahora adivinen la no llegada de la recuperación. Tampoco soy de los que dicen que la crisis se esté terminando pero esos oráculos de la economía tienen para mí la misma credibilidad que hace tres años, la misma que le doy ahora mismo a la Bruja Lola cuando hace sus predicciones.

5 de febrero de 2010

La extraña fascinación por la ortopedia

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No puedo evitarlo: cada vez que paso por delante de una ortopedia me quedo fascinado delante de su escaparate, mirando los extraños objetos antropomorfos. Imagino que cada uno de ellos es, en realidad, un fragmento amputado a un cuerpo real que se ha convertido en metal o madera y que ahora se ofrece para aliviar sufrimientos o para que otros amputados recuperen al menos la forma que deberían tener sus miembros ausentes dentro de la chaqueta o el zapato. Esta es una ortopedia podológica. Que se dedican al pie, vamos, y el pensamiento vuela alrededor de la idea de que cada uno de esos pies de factura diversa es, en realidad, un recuerdo de la tortura a la que se ven sometidos quienes necesitan utilizar este tipo de aparatos. Pienso en cuántas personas estarán doliéndose ahora de sus pobres pies y mientras me voy alejando del escaparate descubro un pequeño dolor en la planta de mi pie derecho. Empiezo a cojear un poco, mientras un escalofrío me recorre al recordar ese pie abierto en dos por efecto del tornillo que lo atraviesa, el último que miré antes de empezar a caminar…

19 de diciembre de 2009

Pedir perdón

Cuando pedimos perdón sinceramente no lo hacemos en realidad por algo que hemos hecho nosotros, sino que lo hacemos en nombre de ese yo que fuimos antes y por el que sentimos vergüenza ajena o, como mucho, algo de compasión. Conocemos bien al causante de la desgracia o al responsable del error porque convivimos con él mucho tiempo hasta que fuimos otros en el mismo instante en que tomamos conciencia de que habíamos metido la pata. Por esa persona cercana, pero lejana en el momento de la crisis –de identidad se podría decir en este caso-, pedimos perdón para poder seguir adelante sabiendo que nosotros, en realidad, nunca seríamos capaces de hacer ese tipo de barrabasadas. Pido, pues, perdón por Juanjo en este caso, porque hace mucho que no escribe en este blog, dando así mal ejemplo a todos a los que él critica habitualmente por no crear, por no esforzarse en tener una opinión, una visión del mundo y compartirla. Yo le entiendo un poco, pero no puedo aprobar su comportamiento porque yo nunca dejaría un blog tan abandonado como él ha hecho durante todo este tiempo…